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El pueblo de Ibarrangelu, que tiene una estatua blanca de Cristo sobre la torre de la iglesia. En torno a las once de la mañana. El cielo está despejado. Un lado de la calle principal está intensamente iluminado por el sol. Casi no se ve ningún viandante.

Un encinar. A la encina, un árbol mediterráneo, no le gusta el exceso de humedad en el suelo. Bizkaia es una tierra de lluvias, aquí el agua abunda. La encina no crecería en estas condiciones si la roca de piedra caliza no tuviera la estructura porosa que posee. El agua se escapa por los agujeros, y el árbol con gusto abraza las piedras y adentra sus raíces a las grietas entre ellas.

El monte Atxarre. Llegan las rachas de viento. Con el brusco movimiento del aire se enfría este cálido primer día de marzo. La desembocadura del río Oka, el estuario que se llama Urdaibai, queda muy lejos abajo. Las partes poco profundas de la ría salen a la vista con su fondo amarillo. En el lado opuesto de la desembocadura se sitúa el pueblo de Mundaka, y más allá se esconde Bermeo detrás de un monte. Desde el mar, también lejos abajo, las olas de espuma blanca avanzan lentamente hacia la costa. Son como unas franjas ligeramente curvadas.

En la dirección opuesta se ven los contornos de las montañas cubiertas de bosque. Una ligera neblina intenta ocultarlas, pero en vano.

En la cima, a cincuenta metros de aquí, está la ermita de San Pedro. A través de la reja se ve que durante las últimas semanas o meses la ermita se ha quedado sin cuidado. Una vela rota sobre la mesa culmina esta visión.

El sendero de piedra ahora desciende y se junta con la carretera. Las encinas dan paso a los pinos. En un momento entre los pinos aparece el mar y una playa grande. Varias personas, algunas con calzado y otras descalzas, pasean por la playa. En los restaurantes también hay gente. Otro ascenso. Todavía se oye el rugido del mar. En el aire reina la dulce mezcla de la frescura marina y olor a vegetación.

La alfombra del encinar cubre las laderas. Las copas de los árboles que la componen relucen con matices del verde, azul, marrón y rosado. Esta vista crea una sensación de tranqulidad y bienestar.
Menudas vistas. Espectaculares.
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¡Gracias por comentar! Sí, es una bella combinación de mar y montaña.
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Y es así como a pesar de estar en cuarentena, termino en otro país con hermosos paisajes 🙂
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Esta parte de la costa del Cantábrico es impresionante de verdad.
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