Este año hemos perdido la primavera y la libertad. Ya veremos por cuánto tiempo. En estos tensos y descarrilados días quiero recordar los días de mayo del año 2019.
En la luminosa tarde de un viernes de aquel mayo cogí el autobús y fui a una de las capitales de la ancha y magestuosa Castilla, Palencia.
Recordaré un programa de televisión cuya grabación vi en internet antes de emprender el viaje. En él un señor, conocedor de Palencia, contaba sobre su ciudad, prestando una atención especial al lado místico de su pasado y presente. Decía que en esas tierras hay una energía potente. La notaban los reyes y caballeros de la edad media, por lo cual a menudo visitaban Palencia para descansar y reponer las fuerzas. Algunos hechos históricos, según el narrador, tampoco carecían de un componente sobrenatural. Llegó a contar (siempre con referencias a otras fuentes que le parecían fiables) que la ciudad y la provincia palentina en muchas ocasiones son visitadas por extraterrestres.
Me considero materialista. Nunca he sido amante de los libros y programas sobre los fenómenos paranormales. Sin embargo «yo sólo sé que no sé nada», que algún resquicio de verdad lo podemos encontrar casi en cualquier lugar. Ya que dicen que hay una energía fuerte y sanante allí, ¿por qué no voy y no la busco? De esta manera la historia contada en un viejo programa me inspiró a mirar de una manera especial a Palencia, silenciosa y antigua ciudad habitada por leyendas.
¿Qué me espera allí, donde el tiempo fluye más despacio, a donde van pocos?
Después de entrar en el hotel, pasada ya la medianoche, subiré a un pequeño puente sobre el río Carrión, me daré la vuelta y me sorprenderá la visión de la iluminada iglesia de San Miguel. Se cuenta que en ella se casó El Cid Campeador, el gran personaje legendario del medievo español.

Portal de la catedral 
Puerta de la iglesia de la Compañía 
San Miguel 
La iglesia de San Francisco en el fondo 
San Pablo
La mañana del día siguiente me saludará con un frío de cuatro grados. Sí, en España un tiempo como este a mediados de mayo no es nada extraño. Visitaré la plaza delante de la catedral palentina. Sin prisa irá el sol llenando de luz este espacio, desierto a una hora tan temprana, muy lentamente irá venciendo el frío. La catedral es muy grande, el ojo no ve en ella un conjunto bien definido — para eso quizás haga falta subir al aire, donde vuelan los pájaros. Entre otras cosas me llamará la atención un portal gótico. Por ambos lados de la puerta hay cinco figuras de santos. Los siglos han desgastado las esculturas confiriendo una suavidad especial a estos símbolos de la virtud. Este portal me parecerá maravillosamente harmónico y fuente de tranquilidad: probablemente, ya estoy bajo la acción de la energía. Rodeando la catedral, estaré viendo los canalones en forma de bestias fantásticas en el tejado, figuras de músicos y otros representantes de los siglos lejanos. Entraré en la catedral. Todo su interior es muy rico. A mí, recién convertido en místico, me atrae sobre todo la parte más antigua de la catedral, una cueva hecha templo en los tiempos de los visigodos.
Cuenta la leyenda que el rey Sancho III irrumpió en esta cueva huyendo de un jabalí durante una cacería. Levantó el rey la lanza para matar al animal, pero de repenté se le paralizó el brazo. Resultó que él había profanado un lugar sagrado que era esta cueva. Imploró don Sancho el perdón de los cielos, y al final se curó. Como agradecimiento por su salvación de la parálisis mandó el rey construir una iglesia sobre la cueva.
Palencia pertenece a lo que se suele llamar la España profunda, no está entre las provincias más prosperas social y económicamente. La ciudad está bien cuidada y limpia, pero en las modernas y arregladas calles es fácil ver restos de los siglos lejanos, así como el legado del siglo veinte, pasado de moda. Pasearé por la larga y estrecha calle Mayor. Los pórticos que recuerdan la arquitectura popular castellana, los palacios de los nobles, un poco de modernismo — todo ello veré en esta calle. Es un museo entero compuesto por las puertas y carteles viejos pertenecientes a las tiendas. Echando un vistazo hacia las calles adyacentes, se puede ver algunos monumentos de la ciudad, por ejemplo, los sencillos y tranquilos contornos geométricos de la iglesia de San Francisco.
Palencia tiene su propia estatua colosal de Jesucristo, llamada popularmente el Cristo del Otero. Para llegar a ella, cruzaré las vías del ferrocarril, los descampados donde se alegran de un día soleado las flores silvestres… Brillan con su color rojo las amapolas, este simbolo pacífico de la seca España. Me falta cruzar (ganando altura poco a poco) un barrio de bajitas casas pueblerinas y subir a la colina que sirve de pedestal a Cristo que parece haber llegado de otro planeta. Debajo de la construcción hay un pequeño museo dedicado a su creador, el escultor Victorio Macho.
La mañana del domingo también será gélida y seca. Me dirigiré a la estación de trenes. Me bajaré en la estación más próxima, Venta de Baños. Durante unos veinte minutos estaré caminando por la acera, observando por los lados casas rústicas, huertas y jardines. Los rayos del sol se reflejan de todo con colores vivos y puros. Me acercaré a la iglesia más antigua de España que se ha mantenido en pie, la de San Juan de Baños. Es un sencillo templo visigodo del siglo séptimo. Aquí nos espera otra leyenda. Podemos saborearla, calmar la sed con ella, pues se trata de una fuente natural cuyas aguas salen aquí, cerca de la iglesia. Se cuenta que por estas tierras pasaba el rey Recesvinto, cuando tuvo que parar por una dolencia en los riñones. Bebió el rey de las aguas de dicha fuente, y se curó. Beberé de esta agua yo también. Me queda cada vez menos tiempo, por la tarde tengo que irme de vuelta.

Puentecillas 
Flores silvestres 
Cristo del Otero 
Estatua de Cristo y su creador 
Descampado 
San Juan de Baños 
En la iglesia de San Juan 
¡Nunca es tarde para empezar!
Palencia es una ciudad donde los monumentos históricos se mezclan con bloques de viviendas normales. Su parte vieja no es un museo al aire libre continuo como ocurre en Granada, Nápoles o Lviv, donde cualquier esquina está preparada para convertirse en una postal. En Palencia hace falta buscar y encontrar, y la ciudad valorará a quien busque sin saturar su percepción con un ambiente artificial propio de los centros turísticos.
Aprovecharé las últimas horas antes del regreso para recorrer la ciudad vieja. Bajaré hacia el río Carrión. Habrá una nevada de pelusas de álamo. El ruido del río calmará la mente. Cruzaré el río una y otra vez por el antiguo puente llamado Puentecillas. Me gustaría poder volver aquí algún día…









una forma especial de mirar al mundo, desde tu óptica tiene mayor brillo…
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¡Gracias! Me alegra que te haya gustado. Sí, estaba bajo la influencia de aquel programa 🙂
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