Sofía-Shumen
“Calle Belásitsa”, le digo al taxista, un hombre grande de mediana edad. “Cerca de la estación de trenes”, intento ayudarle en la orientación, empezando a usar algunas palabras búlgaras aprendidas antes del viaje. Hace tiempo que se ha hecho de noche. Estamos yendo del aeropuerto al centro de Sofía. Para resolver definitivamente el problema de la búsqueda de la calle Belásitsa, el conductor para el coche al lado de la acera y llama a un compañero suyo. Las indicaciones recibidas por teléfono no dejan ninguna duda. En diez minutos llegaré al destino, me recibirán los dueños del hostal y me enseñarán mi pequeña habitación.
Una mañana fresca y soleada. Un ejército de mujeres con chalecos ha salido a barrer las calles. Los edificios, tiendas, carteles rodean de una ligera y romántica dejadez, la gente se ve tranquila y sin prisa.
Habiendo comprado algo para tentempié en un supermercado que acababa de abrirse, ya estoy en el compartimento del tren. Mis vecinos son una mujer corpulenta de cabello claro acompañada por sus dos hijos, parece tener treinta y pico años, y un hombre moreno que tendrá más de sesenta. Escucho su conversación intentando entender algo en búlgaro. La mujer saca una gran rebanada de pan e invita a todos a probar un trozo, y también a mí. En este momento los búlgaros se dan cuenta de que soy extranjero y me incluyen en su charla. Resulta que el hombre mayor al lado de mí es mi tocayo. Al hablar él utiliza unas palabras rusas que conoce y al final encontramos una especie de lenguaje común. El vecino cuenta sobre los felices años del socialismo, y la vecina está de acuerdo con su valoración de aquellos años lejanos. Mi tocayo recuerda con buenas palabras la Unión Soviética, la época cuando ellos y nosotros éramos hermanos. Sin vacilar condena a los adversarios geopolíticos que lo hicieron todo para romper esa hermandad. En los próximos días más de una vez encontraré un trato amable y cálido por parte de la generación mayor de los búlgaros.
Detrás de la ventana se suceden unos bellos paisajes de montaña, luego el tren irrumpe en el amplio espacio de los campos. Las horas del recorrido pasarán volando. En breve pisaré el andén de la estación de Shumen.
Shumen
Con un explicito anuncio de una empresa llamada descaradamente “Pesticid” saluda al viajero la plaza de Bulgaria de la ciudad de Shumen. La ciudad tiene un asombroso parentesco con un típico centro comarcal de la antigua URSS — es un testimonio de las estrechas relaciones que mantuvo Bulgaria con su gran hermana socialista durante varias décadas, si bien nunca formó parte de ella.
Sin embargo, también hay diferencias: aquí, aún más que en Sofía, reina la tranquilidad; los matices sureños y la buena limpieza de las calles dan a entender que no estamos en Ucrania o Rusia.
Entro al céntrico bulevar Slaviánski. En su comienzo, como un guardián, se encuentra el monumento a los soldados soviéticos. El bulevar Slaviánski es un lugar de paseo favorito de los locales. Está lleno de bares, restaurantes y tiendas. Si nos apartamos de este eje y entramos a las calles laterales, podemos ver ligeros toques balcánicos en esta parte del centro de Shumen.
En los días de mi estancia aquí hizo calor (aunque sin excesos). En cambio, por las tardes, estando en el balcón de mi habitación del hotel, yo disfrutaba de la visión de una lluvia torrencial, del olor a frescura y a piedra que traía consigo la lluvia.
El camino que tenía que recorrer iba de Sofía a Odesa. Entonces, ¿por qué se me ocurrió parar en Shumen? Mi principal objetivo era visitar las ruinas de Preslav, una de las primeras capitales del Estado Búlgaro medieval. Resultó que Shumen y sus afueras tenían muchos otros lugares interesantes para un amante de la historia.
***
La mañana siguiente me dirigí a la fortaleza de Shumen. Sus ruinas están fuera del Shumen moderno, a unos seis kilómetros del centro. Recorrí el bulevar Slaviánski, atravesé el agradable centro de la ciudad lleno de árboles y flores. Sus edificios presentan una mezcla, a veces chillona, de estilos, niveles estéticos, improntas de varias épocas. Después me sumergí en unas calles estrechas, a veces sin aceras, por las cuales avanzaba contemplando las pequeñas casas pueblerinas. El camino pasó al lado de la fábrica de cerveza y empezó la subida al alto dominado en el pasado por la fortaleza. El último tramo pasaba por una carretera estrecha en medio de la frondosa vegetación de la ladera. Casi no me encontré con ningún coche.

El alto, ahora ocupado por las ruinas de los muros defensivos y otras construcciones, sirvió de refugio a las gentes de muchos siglos. Aquí habitaron los antiguos tracios, esta tierra la pisaron los griegos, los romanos, los bizantinos, los eslavos, los búlgaros nomadas, los turcos… Hoy en día desde aquí se puede contemplar unas estupendas vistas a Shumen y sus afueras.
Ya he terminado mi paseo por la fortaleza, pero todavía estoy aquí, el la meseta de Shumen, en los senderos que se pierden entre sus bosques. Me secuestran las marcas de rutas de senderismo dibujadas sobre los árboles. La idea de emprender una pequeña expedición por el monte, descubrir la belleza natural de esta parte de Bulgaria vuelven loco a mi cerebro, me hacen olvidar que en este día caluroso ni siquiera llevo una botella de agua. Doy vueltas por los numerosos senderos. Las señales marcan hacia un monasterio rocoso. Al final no soy capaz de encontrarlo, pero delante de mí se abren unas bonitas vistas desde la ladera opuesta de la meseta de Shumen.




Miro el mapa en mi teléfono y decido no volver hacia Shumen sino bajar por esta ladera al pueblo de Han Krum. Cuando bajo, recibo un regalo en el momento perfecto: un manantial que vierte sus aguas en un abrevadero blanqueado. Bebo del manantial. ¡Hacía muchísimo tiempo que no había tenido tanta sed y tanto placer en calmarla!
En las calles de Han Krum no hay nadie. Paseo al lado de las vallas llenas de vid enredada. Hasta el tren que pasa por aquí y va a Shumen faltan un par de horas. Encuentro una tienda pequeña, cerca de la cual varios hombres mayores están tomando cerveza para pasar mejor este tiempo caluroso. Compro agua. Me siento delante de un edificio administrativo y dormito sentado. Cuando estoy ya en el andén de la estación, me moja un cálido e inesperado aguacero.


Al regresar a Shumen descansaré y picaré algo en el hotel. Por la noche saldré a tomar aire y llegaré a la mezquita de Tombul. Es la mezquita más grande de Bulgaria. La decoración en forma de inscripciones en árabe y las alfombras se verán a través de la puerta abierta del edificio. Veré la gente sentada al lado de la entrada, la oiré hablar en turco.