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Preslav
Así se llamaba la próspera capital del Primer Imperio búlgaro de los siglos nueve y diez. En la actualidad se encuentra en ruinas, pero al lado de ella existe una ciudad pequeña y mucho más joven que lleva el nombre de Veliki Preslav.
Llegué allí en un microbús de cercanías, ya que el lugar está apenas a diez kilómetros de Shumen. Recuerdo que era antes de las ocho de la mañana cuando dejé la estación de autobuses y me dirigí a las históricas ruinas. Ya se acabaron los barrios de casas pequeñas. En medio de los campos de girasoles pasa la carretera. A lo lejos se ve la cúpula de una iglesia. Después de un agradable paseo me topo con los restos de unos muros, fortificaciones excavadas en la tierra.
Avanzo un poco más y ahí está la parte palaciega del antiguo Preslav. Más lejos se levantan suavemente unas montañas cubiertas de vegetación de un tierno color verde. En el pasado la ciudad trepaba al monte, por el cual pasaba un tramo de su muro. Por el llano delante de dichas montañas se han esparcido las ruinas con sus cimientos y columnas. En una de las esquinas del área monumental trabaja un grupo de arqueólogos. Excepto ellos, aquí no hay nadie a esta hora tan temprana, así que entro sin pagar.

Contemplando las piedras antiguas y leyendo los carteles puestos al lado de algunas ruinas se puede intentar imaginar el aspecto original de la capital de aquel estado tan poderoso y culto.
La auténtica perla de este recinto es la llamada Iglesia redonda con una estructura poco típica para los tiempos de su construcción.
Se manifiesta el cansancio de tantos días de viaje y escapadas. Me siento en un muro de piedra para descansar y reponer mis fuerzas en medio de esta tranquilidad, rayos de sol y magnífico entorno natural. Intento reflexionar en el significado histórico de este lugar, en particular para mi patria.
Justo aquí los monjes copiaban los manuscritos que llegarían con el tiempo a la recién cristianizada Rus de Kiev. El mismo idioma eslavo antiguo floreció aquí antes de llegar a nuestras tierras y formar la base de nuestra liturgia y literatura.





Se puede visitar un museo que guarda los hallazgos arqueológicos de Preslav. Hay rutas por los montes que rodean las ruinas. Siguiendo las marcas de colores, es fácil subir por las laderas y disfrutar las vistas del entorno natural de aquí. Por supuesto, yo lo hice.
La ciudad moderna de Veliki Preslav también es curiosa. Las aceras bajo la vid enredada, los viejos camiones de marcas soviéticas, a veces carros con caballos… La población de la ciudad es diversa: vi a unos representantes de la comunidad gitana, escuché la lengua turca.
Cerca de Shumen hay otros lugares estrechamente relacionados con el nacimiento de la nación búlgara. Entre ellos está Pliska, la capital anterior a Preslav, y una roca con un jinete tallado cerca de Mádara. Aunque no tuve la oportunidad de visitar estos sitios durante este viaje.
Shumen-Varna
Por la mañana del día siguiente me despedí de la ciudad de Shumen, a cuya comodidad me había acostumbrado mucho. Otra vez pisé el anden de su estación de trenes. Casi llegó la hora de salida del tren que me iba a llevar en la dirección de Varna. Sonó un anuncio por megafonía. El tren no llega. Un poco más tarde entendí que se había cancelado. La cajera, una sonriente mujer mayor, me confirmó que yo podía subir al siguiente tren de Varna con el billete que tenía.




El sol casi quemaba con sus rayos. Me tocaba esperar un par de horas y observar a otros viajeros que mataban el tiempo en el andén, en la sala de espera o en el bar de al lado con una cerveza.
La ciudad de Varna en la costa del mar Negro parece un mundo totalmente diferente. En todo se percibe la cercanía del mar, el centro de la ciudad está lleno de turistas. La lengua rusa, seguida por la alemana, se escuchan por todas partes. En Varna tuve tiempo para comer, entrar en la iglesia de la Dormición y pasear un poco por sus calles históricas.
Varna-Odesa
Cuando llegué a la estación de autobuses de donde salía mi viaje a Odesa, de repente fui sacado de la tranquilidad que tanto me había gustado aquí, en Bulgaria.
La razón fue que me encontré con una multitud de mis compatriotas que estaban esperando el mismo autobús. Muchos de ellos estaban nerviosos, andaban de un lado para otro, dudaban si el autobús no se había ido antes de la hora, si no iba a salir de otro andén, a veces encontraban excusas para pequeñas discusiones con sus vecinos en la cola… Ha llegado el autobús. Por costumbre fui a poner mi mochila en el maletero, por lo cual oí la voz enfadada del conductor: “¡Señor! ¿Dónde va? ¿No ve que somos nosotros quien deposita los equipajes?” Otra vez nervios, nervios en todo…
Por fin estoy dentro del autobús, en la primera fila, con una vista estupenda a través del parabrisas delantero. El autobús tiene dos conductores, los ayuda la azafata, una chica bajita y rápida. Ella me recuerda a algún personaje del folklore humorístico de Odesa, quizá la pescadora Sonia.
Mientras recorremos las primeras decenas de kilómetros, se hace de noche. Aquí está el primero de toda una serie de controles fronterizos. Bulgaria-Rumanía. Las letras latinas sustituyen a las cirílicas en las señales de tráfico. Ya es medianoche, pero en los pueblos rumanos hay transeúntes. Se ha puesto a llover fuerte. Parece que la ruta que tienen los conductores no está del todo definida. Uno de ellos mira la pantalla del navegador y le dice al otro, que está al volante: “Detrás de esa gasolinera debe haber un giro a la izquierda. Luego sigues las señales para Bucarest.” Sí, es improvisación. A través del parabrisas veo la estrecha carretera profusamente bañada por la lluvia, los relámpagos iluminan esta noche. El autobús, de aspecto exterior decente, tiene agujeros en algunas partes de su techo, por donde gotea agua.
Al parecer, a través del delta del Danubio no hay carreteras directas. Por lo tanto nos alejamos del mar y cruzamos el Danubio en la ciudad rumana de Galaţi. Dentro de nada paramos en la frontera de Moldavia. Aquí nos hacen esperar los guardias fronterizos moldavos. Se les ha “colgado” la base de datos. Mientras estamos esperando, exploro las ondas de radio. Más que otras suena la lengua rusa. Oigo una canción conocida, banda sonora de una telenovela que se dio a mediados de los años dos mil. Otra emisora cuenta chistes en ucraniano.
Apenas unos kilómetros de ancho mide esta franja de tierra moldava. El siguiente puesto fronterizo nos abre la puerta a nuestro país, Ucrania.
Ya ha amanecido. Por ambos lados hay bellísimas vistas de campos y pueblos. La carretera que debe ser de importancia estratégica, es muy estrecha y está rota casi en todos sus tramos. Las señales de tráfico en los pueblos son de tiempos de la URSS, así como los coches de sus habitantes. El autobús va despacio, aún así dando saltos en los baches. El vehículo no aguanta mucho de esta manera, y frenamos al lado del pueblo de Tatarbunary.
Los conductores tardan unos cuarenta minutos en sustituir alguna correa dañada, reanudamos el movimiento. Atravesamos otra franja de territorio moldavo, esta vez sin control fronterizo.
En breve estaré en la ciudad de Odesa, alegre, ruidosa y llena de gente. Me sorprenderá con su extensión el mercado de “Privoz”. Allí comeré una empanada con col y unas frutas. Después montaré en otro autobús. Será el último recorrido, esta vez en su totalidad por mi tierra.
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Me encanta Ukrania, el año pasado estuve la 2 meses jeje saludos de Lisboa, PedroL
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¡Me alegra leerlo! ¿Qué partes del país visitaste?
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El año pasado estuve en Kiev y Lviv… Pero hice también short trips a Odesa y Poltava 🙂 8 años atrás estuve en Crimea y Chernobyl eheh saludos Ivan 🙂 PedroL
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Tengo muchas fotos en mi blog, http://worldwidepedrol.com/tag/Ukraine-photo-essays Te invito a ver 🙂 PedroL
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