¿Cómo es La Mancha?

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Un viernes por la mañana, antes de ponerse de nuevo al volante del coche, el autor de estas líneas dio un paseo por las calles históricas de la pequeña ciudad de Alcalá de Henares, cerca de Madrid. La biografía más verosímil de Miguel de Cervantes afirma que es Alcalá su ciudad natal. Sin ninguna dificultad encontrará el viajero el edificio situado, como se cree, en el lugar de la casa donde nació este emblemático personaje de la literatura española, cuya historia de vida es más apasionante que cualquier novela de aventuras.

Sin embargo, a la creación más famosa de su mente Cervantes le dio vida y la puso en libertad más al sur, en las tierras que hoy en día, gracias a este escritor, son conocidas por lectores en todo el planeta. El nombre de esa región es La Mancha, y el nombre de la creación de Cervantes es, desde luego, Don Quijote, el caballero de la Triste Figura.

Una calle de El Toboso
Aquí estuvo Don Quijote (puede ser)

El autor de esta descripción abandonó el flujo de coches y camiones que avanzaban hacia el sur por la autovía Madrid-Valencia para bajar a las estrechas carreteras que, como una malla, conectan los pueblos de La Mancha, en el límite entre sus provincias de Cuenca y Toledo. Observamos el último tramo de la recta carretera que discurre por esta llanura. Acercándose crece la torre de la iglesia. Ese lugar es el destino de nuestro viaje. Ese sitio ocupaba los pensamientos e inquietaba el alma de Don Quijote, pues en él vivía su dama de corazón, la sin par Dulcinea del Toboso.

Una calle de El Toboso
Una calle de El Toboso

Querido lector, tú y yo estamos en el pueblo de El Toboso, en la patria del amor platónico del caballero de la Triste Figura. Ahora mismo nos encontramos en el restaurante del hotel. Como Don Quijote entró en su tiempo en la venta para encontrarse ahí con campesinos, arrieros, pastores (imagen representativa de la sociedad), nosotros también estamos viendo diferentes tipos de gente. En las mesas están sentados hombre y mujer que llevan chalecos del servicio de ambulancias, varios grupitos de obreros: algunos en uniformes amarillos, otros en grises. También hay jubilados. Detrás de la espalda del autor de esta descripción están comiendo dos hombres, el mayor de los cuales viste un traje negro que se ve un poco raro. Uno de los obreros de uniforme gris oscuro tiene un metro plegable fijado en su cinturón. Su cara morena lleva una expresión ligeramente soberbia del guapo del barrio. Entran tres o cuatro mujeres jóvenes y se dirigen hacia una mesa en el rincón alejado de la sala. El muchacho las sigue con una mirada forzosamente desafiante, y todo el grupo de obreros comenta algo en voz baja, sonriendo. Los dos hombres detrás de mí pagan la cuenta, acto seguido el viejo del traje negro le regala a la camarera una tarjeta con una imagen de Jesucristo. Me obsequia una tarjeta parecida también. Terminada la comida, voy a ver el pueblo.

Una calle de El Toboso
Una calle de El Toboso

Las calles de El Toboso, bastante estrechas, se abren camino entre las blancas paredes de las casas y muros de los patios interiores. La reinante blancura y el intenso azul del cielo componen una alegre y ligera escena.

No están revestidos de blanco los gruesos muros del monasterio de las Trinitarias, al lado del cual está la plaza de la Constitución, sombreada por frondosos olmos. Después de un corto paseo por los pasillos blancos nos topamos con la iglesia de San Antonio Abad. Su torre es la que habíamos divisado desde la carretera. En la plaza delante de la iglesia hay esculturas chistosas que representan a Don Quijote y Dulcinea. La casa de dicha dama podemos visitar ahora mismo, ya que queda muy cerca de la plaza central.

La iglesia de San Antonio en El Toboso
La iglesia de San Antonio Abad

El entorno que quizás rodeaba a Dulcinea en su día a día se intenta reproducir en la llamada Casa de la Torrecilla. En la lejana época de Cervantes esta casa pertenecía a una familia de hijosdalgo, y hoy alberga una colección de muebles y objetos personales del pasado. En el patio interior se puede ver unos carros y, creo, una prensa para extraer aceite. En el primer piso están las salas y habitaciones. En general los detalles que llenan la vida cotidiana poco han cambiado hasta nuestros días, aunque algunos nos parecerán ingenuos, otros provocarán sonrisa.

La casa de Dulcinea
Casa museo de Dulcinea

El Toboso posee una multitud de pozos esparcidos por todo el pueblo y sus alrededores. Sus brocales de piedra, de muy poca altura, se encuentran en medio de calles y plazas, hay carteles que nos ayudarán a encontrar cualquiera de ellos. A pocos pasos de la casa de Dulcinea podemos descansar en un pequeño y pintoresco jardín en la plaza García Sanchiz.

En la casa de Dulcinea
En la casa de Dulcinea

La ermita de San Sebastián tiene un aspecto peculiar. Este antiguo edificio experimenta la presión de un depósito de aguas más moderno. En muchas fachadas del pueblo hay reproducciones de la imagen local de Cristo de la Humildad, hay una ermita dedicada a ella. La vida religiosa, así como laica, en la Edad media se encontraba bajo la influencia de la orden de Santiago. Algunas huellas visibles de esta influencia se han conservado hasta nuestros días, por ejemplo en forma de escudos de la orden en algunos templos.

Ermita y depósito de aguas
Ermita de San Sebastián

Las noches veraniegas en El Toboso son deliciosas. Al despedirme del sol, que se escondió tras los bordes de los campos, regresé al centro del pueblo. Se hizo de noche, pero enseguida la luna llena tomó la posesión en el cielo. En el espacio entre las cornisas de las casas brillaba su moneda de plata. Las fachadas blancas estaban iluminadas por farolas de luz también blanca, sin embargo las luminarias no llegaban a suprimir a la luna. Por todas partes los mayores sacaron sillas de sus casas para sentarse en ellas al lado de sus portales, respirar el aire todavía caliente y charlar con sus vecinos. Niños y adolescentes formaban sus propios grupos. De nuevo abandoné el pueblo para andar por un sendero en el campo, más lejos de la luz eléctrica.

En la casa de Dulcinea
En la casa de Dulcinea

***

Estoy seguro que a cualquier amante de la obra cervantina le sería interesante visitar El Toboso. No únicamente para pisar la tierra que dio a luz a la dama de corazon de Don Quijote. Al alejarse un poco de los límites del pueblo, uno puede probar la vida del caballero andante, vivir un día de Don Quijote. A quien desea experimentarlo le servirá de ayuda la ruta de senderismo que, logicamente, se llama La ruta de Don Quijote. Coincide en parte con un ramal del Camino de Santiago. Viendo la interminable llanura, sintiendo el calor veraniego de estos lugares, comprenderemos, aunque más bien por la parte emocional, lo que hizo a Don Quijote tomar el camino de la caballería y lucha por la justicia, lo que le inspiró a su amor a Dulcinea, lo que le empujó hacia su extática locura.

Viñedos
Viñedos

Nuestro recorrido describirá una especie de triángulo. Abandonaremos El Toboso cerca del cementerio por la mañana, y volveremos al mismo lugar por la tarde. Primero nos dirigiremos hacia la laguna de Manjavacas, desde sus orillas blancas de sal tomaremos el rumbo a los molinos de viento de Mota del Cuervo, que apenas se divisan en el horizonte. Si tenemos la suerte de alcanzar Mota del Cuervo sin que nos ase el sol, nos pondremos a trazar el tercer lado del triángulo, de manera que regresaremos a El Toboso.

Vegetación de la estepa
Secarral

Apenas salimos del pueblo, a ambos lados del camino aparecen amplios viñedos. Sus arbustos están arreglados en líneas perfectas, que se vuelven algo curvas en algunos lugares, repitiendo las bajas colinas. A ratos en el mar de los viñedos aparecen unas islas puntiagudas de campos amarillos. En lo alto de las colinas se ven unas casetas blancas, maquinaria agrícola. En un tramo del camino se agrupan a mano izquierda abundantes arbustos verdes, del interior de los cuales se oyen gritos de aves y anfíbios. Es una acequia. Este arroyo artificial en medio de la seca llanura atrae la vida en sus diversas manifestaciones.

Casi todas las uvas están verdes, pues todavía corren los últimos días de julio. En algunos lugares encontramos olivares pequeños. La vista de la llanura con sus suaves pliegues, de la llanura que aporta sus cosechas a los que la labran, da alegría, incluso triunfo. A pesar del sol que va cobrando fuerza, un viento suave refresca la piel debajo de la camiseta y da cosquillas. La simple belleza de la llanura en nada tiene que envidiar a la elegancia de las montañas, sofisticada y a veces inhóspita.

Pinos piñoneros
Pinos piñoneros

Delante de nosotros hay un pequeño y alargado pinar. Los pinos piñoneros (la especie Pinus pinea) están a cierta distancia uno del otro, como gigantes, sujetando sus paraguas de color verde saturado, que poseen una geometría perfecta. No sé por qué, pero sus poderosas siluetas parecen cambiar la escala del paisaje que estamos viendo. Contemplándolos la mente se carga de energía, ganas de seguir adelante, explorar estas tierras.

Vegetación silvestre de la estepa
Estepa

Hacemos un alto a la sombra de los pinos, y enseguida reanudamos el camino. Algunos rasgos del paisaje empiezan a cambiar. Se rompe el dominio de los viñedos, en algunos lugares el terreno sin cultivar se llena de onduladas hierbas silvestres. Hay piedras dispersas por toda la superficie de la tierra, así que sorprende que algo pueda brotar de ella. Cruzamos un pequeño bosque de encinas y quejigos, árboles bajos con copas redondas. Es un paisaje típico de Castilla. Al final nos encontramos en un pinar con bancos y mesas para descansar. El pinar flanquea el santuario de Nuestra Señora de Manjavacas. La propia iglesia y edificios auxiliares están pintados de blanco, el patio está decorado con banderitas. Vendría bien rellenar las botellas de agua de la fuente que se ve por aquí, pero —¡oh lástima!— la fuente no funciona.

Laguna de Manjavacas
Laguna de Manjavacas

Al lado del camino por el cual hemos llegado aquí, hay una torre construida en madera. Se puede subir a ella y desde su altura contemplar el paisaje. La zona blanca y azul que se ve a lo lejos es la laguna de Manjavacas. Leí que en los meses invernales esta laguna se llena de grandes cantidades de aves migratorias de múltiples especies. Aunque ahora sea pleno verano, vamos a pasear por las orillas de la laguna. Es un lago de agua salada de muy poca profundidad. En verano se seca una parte del agua, por tanto sale al aire el fondo cubierto de sal. Bajo la capa de sal hay lodo negro. Mirando hacia lejos, se puede contemplar una combinación de colores muy suaves: el blanco de las orillas con sal, el azul celeste del agua transparente, verde y amarillo de la vegetación. No todas las aves han abandonado la laguna: la está cruzando un grupo de aves acuaticas, un ave más grande de patas muy largas avanza con cuidado hacia el interior de este ancho charco salado.

Al borde del camino rural
Al borde del camino

Entramos a la carretera y nos dirigimos hacia Mota del Cuervo. A mano izquierda, lejos, vemos los edificios blancos del santuario al que nos hemos acercado antes. A mano derecha fluyen las aguas de otra acequia. Con cualquier movimiento ruidoso que hagamos, un ser vivo empieza a moverse de forma enérgica, pero muy torpe, en medio de la vegetación. Utilizando la acequia como pista de despegue, al superar por fin la gravedad que actua sobre su cuerpo, el ave sube al aire.

Camino rural, árbol seco
En el camino de Mota a El Toboso

El camino a Mota es recto, con un poco de pendiente. Los cuarenta grados de temperatura y la ausencia de agua en las botellas van agotando poquito a poco las fuerzas. Toda la esperanza está en el pueblo; la mirada, cada vez más cansada, todo el rato intenta medir la distancia hasta las figuritas blancas de los molinos de viento que se vislumbran en el horizonte. Al fin y al cabo, después de cruzar el arco bajo la autopista, así como otra carretera, entramos en el pueblo de Mota del Cuervo. Su plaza central casi está vacía. Pasa un grupo de gente. Otro chico, que lleva una ropa sucia y descuidada, les sigue el paso y les grita en ruso con un extrañísimo acento. ¡Y yo por fin puedo comprar agua en la tienda! Mientras estoy descansando sentado en un banco, oigo a la gente que pasa hablar en algún idioma eslavo del sur, luego me doy cuenta que otros dos hombres se han sentado para charlar en el otro lado de la calle, a juzgar por su acento, son del oeste de Ucrania.

Mota  del Cuervo
Vista a Mota del Cuervo

¡Un encuentro inesperado con compatriotas en La Mancha profunda! Para visitar los molinos, que se alzan sobre un cerro, ya no me quedan fuerzas. Lo dejo para el día siguiente. Una de las dos botellas de agua de litro y medio ya está acabada.

Empiezo la última etapa del recorrido, que conduce directamente a El Toboso. Unas rachas de viento refrescan un poco el aire de esta tarde. Al cabo de un tiempo me acerco de nuevo al pueblo natal de Dulcinea. Muchos habitantes suyos andan y corren por este camino. Unos jóvenes se juntan al lado de una caseta al borde de la carretera; ahí ya está sonando música alta. Regreso a El Toboso justo antes del crepúsculo. Voy a cenar al restaurante del hotel. Su patio enseguida se llena de gente local: no es de extrañar, ¡es sábado!

Molino de viento
Molino llamado El Zurdo

El domingo por la mañana me despido de El Toboso y visito Mota del Cuervo, más bien el cerro donde se encuentran los molinos. El molino que está apartado de los demás por una carretera, es El Zurdo, el único antiguo. Los otros seis se construyeron a mediados del siglo XX. Desde el cerro se abre la vista a muchos kilómetros, también se ve la torre de la iglesia de El Toboso.

Fachada del monasterio de Uclés
Monasterio de Uclés

Hago una parada en el histórico pueblo de Uclés. Resulta que su majestuoso monasterio está cerrado para los visitantes en estos meses de crisis. Por cierto, Uclés era el centro de la misma orden de Santiago que gobernaba en la Mancha. Es mi última parada. Ahora toca volver a casa.

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