La cabeza yacente del Gigante de Piedra aguarda al viajero que entra a la vega del río Guadalhorce. Las carreteras se abren paso entre campos y huertos conduciéndonos a Antequera. Es Andalucía, sur de España, la provincia de Málaga. Unos cuarenta y cinco kilómetros separan a Antequera de la capital provincial y de la costa mediterránea. La visión de una carpa grande en el interior de la cual se venden melones, hace que la imaginación viaje por un momento al Oriente. Sin embargo, enseguida la realidad europea se impone, manteniendo las manifestaciones de las riquezas campesinas bajo una capa de civilización.
Como afirman los cientificos, los habitantes prehistóricos de estos lugares adoraban a la motanaña antropomorfa, cabeza de un gigante que duerme, cuyo cuerpo está cubierto por una manta de tierra y vegetación. Esta gente situó sus estructuras funerarias siguiendo la dirección a la montaña sagrada.
La población actual se esconde del Gigante en las estrechas calles, casas y patios. Incluso le pusieron a la montaña el melodramático nombre de la Peña de los Enamorados. Cuenta la leyenda que desde sus rocas se arrojaron un cautivo guerrero cristiano y la hija del gobernante musulmán. La chica se había enamorado del cautivo, los dos intentaron huir a los dominios cristianos, pero no supieron escapar a la persecución organizada por el padre de la enamorada.

Lo que se ha construido aquí durante los últimos siglos constituye un laberinto de calles (aunque en realidad no es muy enrevesado), pintorescas casas de color blanco brillante. La calle principal, la del Infante don Fernando, lleva el nombre del rey de Aragón que expulsó las tropas musulmanas de Antequera en el año 1410.
Numerosas iglesias están esparcidas por el casco histórico. Destaca el esbelto campanario de la iglesia de San Sebastián. No obstante, cabe empezar la descripción por el cerro coronado por las fortificaciones de la Alcazaba, ya que ahí nació la Antequera de la época califal. Aunque en esta región hubiera habido ciudades romanas muchos siglos antes, y poblados ibéricos hacía aún más tiempo, la Antequera que conocemos hoy es heredera de la ciudad musulmana que cayó en manos del rey Fernando en la Edad Media.

Entonces, el corazón de la “ciudad alta” es la fortaleza llamada Alcazaba, que se ha conservado parcialmente y en parte ha sido reconstruida para que podamos imaginarnos su aspecto en la época de la Reconquista. Se conecta con los muros la puerta de Hércules, o de los Gigantes. En la Edad media se fijaron estatuas e inscripciones de la lejana época romana. De esta manera se le contaba al viajero sobre las raíces profundas y nobles de la ciudad. En el recinto de la Alcazaba se encontraron restos de edificios romanos y visigodos como una prueba más a favor de la conexión entre las diferentes culturas que han habitado esta tierra. Llaman la atención los cimientos de la antigua mezquita principal, reconvertida en iglesia después de la Reconquista (aunque ni esto le permitió mantenerse en pie hasta nuestros días).

Poco después de la toma de la ciudad los vencedores se pusieron a construir bajo los muros de la Alcazaba la bella colegiata de Santa María. Sin embargo, con el paso del tiempo los jerarcas eclesiásticos prefirieron trasladar el centro de la vida religiosa antequerana al llano. Hoy en día la antigua colegiata es un museo y no está dedicada al rito cristiano.
Desde la plaza delante de la colegiata, apoyándonos sobre la barandilla y dirigiendo la mirada hacia abajo, podemos contemplar los restos de las termas romanas. También aconsejo un paseo alrededor de la Alcazaba, pues así se puede disfrutar de las vistas a diferentes partes de Antequera, ver cómo la ciudad está inscrita en el entorno natural, montañoso en un extremo y llano en el otro.
Al decidir abandonar el núcleo fortificado de la vieja Antequera, pasearemos por las calles inclinadas que hoy ocupan el espacio de la antigua medina árabe. La medina (ciudad) estaba protegida por un cinturon de piedra más. La plaza del Carmen, que goza de la vecindad con las robustas torres del antiguo muro, presenta una imagen impregnada de espíritu medieval. Aquí mismo vemos también un monumento moderno a los musulmanes que abandonaron Antequera tras la conquista de la ciudad por el rival del norte. Estas gentes se refugiaron en el último reino musulmán en este lado del mar Mediterráneo, Granada, en cuya capital fundaron el barrio de Antequeruela.

Algo alejada de la Alcazaba, en la ladera, se sitúa la robusta construcción de la iglesia del Carmen, casi privada de adornos extrernos. A cualquiera que se atreva a entrar espera una imagen de lujo, el centro de la cual es un retablo tallado y profusas pinturas.
La parte baja del caso histórico, como ya hemos dicho, tiene numerosas iglesias y conventos. La más importante de las iglesias es la de San Sebastián. Teniendo un campanario generosamente adornado, presenta un interior sobrio y discreto. Esta es la iglesia que se convirtió en el centro de la vida espiritual después de que los altos cargos eclesiásticos abandonaron la colegiata de Santa María. Entre otros templos que consiguió visitar el autor de este texto están las iglesias de Santiago y Belén.

Sobre el pasado de la ciudad cuenta muy bien el museo municipal, albergado en el palacio de los Nájera en pleno centro de Antequera. El objeto más famoso expuesto ahí es la estatua romana fabricada en bronce, el Efebo, que representa a un adolescente desnudo. También el museo aporta información sobre la época prehistórica y muestra una curiosa colección de obras de pintores locales.
Exclusivamente al arte moderno está dedicada la galería MAD Antequera, que exhibe la colección de la diputación de Málaga y ocupa otro palacete aristocrático, el de Colarte.
Algunas calles de Antequera están cubiertas por una especie de toldos alfombras, con el objetivo de proteger al caprichoso viandante del fuerte sol andaluz. Dichas alfombras están tendidas entre las fachadas de edificios de viviendas.

Un viajero amante de los paseos a pie puede dejarse llevar por su intuición y ponerse a explorar por su cuenta las calles de la Antequera vieja. Entre otras cosas, el viajero notará unas construcciones curiosas llamadas capillas tribuna, por ejemplo, la de la Virgen del Socorro o Cruz Blanca.
A pesar de la situación tensa en el ámbito sanitario que estamos experimentando, la vida en la ciudad parece seguir su ritmo normal. Seguro que en los tiempos de estabilidad aquí había muchos turistas, ya que la ciudad muestra al visitante unos excelentes monumentos culturales y naturales. Incluso hoy nos encontramos con gente de fuera que viene a ver Antequera: la mayoría son familias españolas, aunqué el autor oyó la lengua francesa también.

Los propios vecinos de Antequera no dejan de lado su intensa comunicación. En las horas de comida y cena las terrazas de los restaurantes se llenan por completo. Como vio el autor de esta descripción, los principales lugares donde se concentran los establecimientos de hostelería son la plaza de la Constitución (en el extremo de la calle del Infante don Fernando opuesto al centro histórico) y la plaza delante del mercado de abastos.

Aparte de su legado cultural medieval, Antequera es conocida gracias al maravilloso paraje natural llamado El Torcal de Antequera. Como resultado de la erosión desigual del fondo marino que sucedió hace millones y millones de años, aquí se formaron columnas de piedra caliza. El mar se fue, y el viento sustituyó al agua en la tarea del escultor. Hasta hoy el aire no deja de tallar el material de este bosque de rocas. Cada observador imaginará algo suyo en las siluetas de las formaciónes del Torcal. La acción de agua y aire creó adornos de varios tipos. Entre ellos, el Tornillo es el más conocido, pues a menudo se encuentra en postales y anuncios. Por cierto, el famoso Tornillo está apartado de las rutas principales, se topa al lado del sendero que baja paralelamente a la carretera en la dirección de Villanueva de la Concepción.

El centro de recepción de visitantes y las rutas oficiales del Torcal se sitúan a 15 km de Antequera (por la carretera). La distancia no impidió al autor llegar a este lugar y volver a la ciudad andando. No obstante, la opción de transporte más cómoda para acercarse al paraje es el coche.

Sin abandonar los límites de la ciudad, cualquiera puede visitar los dólmenes de Antequera. Son construcciones funerarias de la Edad de la piedra, en particular, del período en el cual los humanos, que antes vivían de la caza y recolección entre las rocas del Torcal, se mudaron a la vega, empezaron a consumir los frutos de la agricultura y criar animales. En este lugar nos mirará de reojo, como miró hace miles de años a nuestros antepasados, el Gigante Yacente, la Peña de los Enamorados. Ahora estamos viendo la cara del pétreo dueño de estas tierras de cerca, además nos encontramos en medio del campo y no tenemos dónde escondernos de su mirada.
El dolmen de Menga es la mayor de las dos estructuras que podemos visitar en esta reserva arqueológica. Entramos en la galería. Su techo y paredes están compuestas de inmensos bloques de piedra. El espacio interior se divide en dos partes por una fila de pilares, también monolíticos. ¡Cuántos esfuerzos hicieron aquellas gentes para obtener el permiso de vivir en esta vega, tener el derecho de entregarle solemnemente a sus muertos!

Según las normas establecidas por las autoridades, solamente eran posibles las visitas en grupos pequeños, cada visitante tenía que llevar mascarilla (aunque lo último es obligatorio en España en todo lugar, interior o al aire libre). El vigilante que controlaba el cumplimiento de las normas, afirmaba que sabía del dolmen no menos que cualquier guía, aunque su sueldo era mucho más bajo. El hombre mencionó que el dolmen no sólo se utilizó en la Edad de la piedra, sino también en tiempos mucho más cercanos a nosotros. Fue iglesia y mezquita, otras veces sirviendo de refugio a los pastores. En la guerra civil de los años 1930, según el vigilante (de cuyas palabras era evidente que tenía ideas propias de la derecha política), el dolmen fue utilizado como una cárcel republicana. Aquí los republicanos supuestamente retuvieron a unos monjes capuchinos, a los cuales fusilaron después en una campa cercana. De ahí que en el olivo centenar que crece en la campa todavía se puede ver agujeros hechos por las balas. No sé si es una historia verdadera o inventada, pero los orificios en el árbol se ven perfectamente.

Al norte de su ciudad los habitantes de Anteqera ven una amplia vega dividida en multitud de campos y huertas. Desde otros lados la ciudad está rodeada de montes no muy altos. En sus faldas se extienden olivares. Al subir un poco por las laderas (pueden ser las del monte Hacho o del cerro de San Cristóbal), nos encontraremos en un pinar. La hierba en las campas tiene pinchos y es de aspecto seco por los fuertes rayos del sol. Se respira el aroma del romero, otras hierbas, sabia del pino. Incluso al volver a casa, unos días después, yo notaba el olor a las hierbas andaluzas, del cual se impregnaron mi mochila y calzado. A pesar del clima seco, en la montaña de Antequera se puede disfrutar de todos los matices del bosque y prado: hierba quemada por el sol, pequeños arbustos que sobresalen de ella, a veces de color verde fosforito, a veces casi azules, arden los pinos como esmeraldas…

Pasé una semana en Antequera. Casi todos los días vi el atardecer desde algún alto: estando al lado de la Alcazaba o en el monte Hacho… En la última tarde subí a una de las cimas sin árboles que se alzan en la orilla del Río de la Villa, opuesta a la Alcazaba. Unas corrientes de aire apenas visibles movían la bola roja del sol que estaba rodando para esconderse tras el borde de la tierra visible. Llegó el crepúsculo, y la ciudad encendió la iluminación de la fortaleza y de las iglesias.