En su empuje para conseguir la dominación completa sobre la península Ibérica, Roma encontró una feroz resistencia por parte de las tribus que habitaban las montañas de la franja norte. Los nombres de estas tribus no sólo han llegado hasta nuestros días, sino han encontrado su lugar en el mapa de la España actual. Los cántabros dieron nombre a la comunidad de Cantabria, y a los astures les debe su nombre el principado de Asturias.
Este relato trasladará al lector al mes de octubre del año 2020 para que se una a mi paseo por el norte de España. Un gélido frio en estos días otoñales desmentirá los tópicos sobre el clima supuestamente cálido del país ibérico. No es en vano que en estos límites pararon (o fueron detenidos) otros grandes conquistadores provenientes del caluroso sur, árabes y bereberes.
Nuestro coche ha dejado la provincia Bizkaia hace aproximadamente media hora. Estamos avanzando por carreteras secundarias de la provincia castellana de Burgos. Una de las salidas conduce a la reserva natural que se llama Ojo Guareña. No vamos a desviarnos hacia ahí ahora, ya que hace tiempo se ha hecho de noche. No obstante, el autor de esta descripción visitó ese lugar una semana antes, y esto es lo que vio. En las estructuras kársticas el agua se abrió muchísimos pasos subterráneos. A una de las cuevas puede entrar cualquiera. Entre otras cosas, esta cueva es peculiar porque en su salida se encuentra una ermita con divertidas pinturas de estilo popular, que describen la vida de dos santos venerados aquí: Tirso y Bernabé. Hace décadas y siglos aquí se guardaba el cereal y se enterraba a los muertos. Hoy en día los huesos se encuentran depositados en uno de los agujeros en los que antes los campesinos conservaban trigo.

En torno a la cueva vemos encinares, siempre vivos y verdes. El autor tuvo la suerte de pasear por ellos varias horas bajo la lluvia. Un impresionante monumento natural que podemos contemplar aquí es el alargado arco en la montaña, a través del cual aquel día pasaban cúmulos de niebla o nubes bajas, haciendo compañía a la lluvia y viento.
Esta noche nos toca ser recibidos por la villa de Aguilar de Campoo. Es la provincia de Palencia.
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El sábado amaneció con un frío moderado (sobre los diez grados). Desde las montañas se acercaban nubes de color plomo. Decidí empezar el encuentro con la villa en su parte alta. La montaña coronada por una fortaleza medieval saluda al viajero que se aproxima al municipio. Nada más empezamos el ascenso para ver las centenarias piedras de la fortaleza de cerca, encontramos una joya en nuestro camino: es la ermita de Santa Cecilia (s. XII-XIII). Su sencilla y elegante silueta, la torrecilla que parece tallada, los arcos del portal y ventanas son ejemplos del estilo románico. De sus monumentos románicos está orgullosa la provincia palentina.

Desde las ruinas de la fortaleza, recibiendo pequeñas gotas de lluvia, recorrí el centro de Aguilar con los ojos. Vi las zonas industriales que lo rodean, campos que lucen el suculento color marrón de su tierra, montañas a lo lejos. Los chopos que flanquean el río Pisuerga forman una cinta amarilla. En el lado opuesto la carretera corre hacia una presa enorme que cierra el paso a las aguas del río. Detrás de ella está el pantano de Aguilar. Más cerca de nosotros, también al lado de la carretera, divisamos el monasterio de Santa María la Real. En el primer siglo antes de Cristo en las montañas de esta zona las tribus cántabras con mucha valentía se defendían de las legiones romanas de Octavio Augusto.

El núcleo de la villa se encuentra alrededor de la alargada plaza de España. En uno de sus extremos se alza el campanario de la colegiata de San Miguel. Por los lados vemos casas rústicas con balcones grandes y acristalados. Las primeras plantas sobresalen y se apoyan sobre pilares o columnas de los pórticos. En estos pórticos se puede caminar sin miedo a la lluvia. Aunque las nubes ya se han marchado y brilla el sol. La plaza está llena de gente que pasa tiempo en las terrazas, entra en cafeterías y tiendas.

La calle Tobalina, que empieza detrás de la iglesia, conduce hacia la derecha. Su historia está ligada con el barrio judío que existió aquí en tiempos muy remotos. Por cierto, hay una casa cuyo balcón acristalado destaca por su modernidad, y se cree que esta podría ser una antigua sinagoga. La calle Tobalina nos lleva a una de las puertas del muro medieval. Al pasar al lado de unas casas pequeñas construidas en entramado de madera, abandonamos el centro histórico por unos minutos.
Estamos en la orilla del río Pisuerga. En el agua cerca del puente disfrutan del sol, se alborotan los patos. Nos dirigimos hacia el campanario de la iglesia. Nos encontramos con personas con mascarillas que pasean por la orilla. Una vez cruzamos el puente llamado del Portazgo, regresamos al casco antiguo.

Otra puerta que llama la atención por su vínculo a la mencionada cultura de origen mediooriental, es la de Reinosa. En la parte exterior tiene una inscripción en piedra donde el ojo con mucho esfuerzo puede discernir letras hebreas. En realidad, el texto no está escrito en hebreo (como se podría pensar), sino en castellano medieval utilizando la grafía semítica en lugar del habitual alfabeto latino. Se mencionan ahí los miembros de la comunidad judía de Aguilar que participaron en la construcción de la puerta.

Podríamos disfrutar más de este día fresco y despejado en la orilla del río o en las calles de esta ciudad pronunciadamente norteña. Para otra vez dejamos la visita al monasterio de Santa María la Real y paseos por el monte.
A la hora de comer pedimos un kebab con falafel para reponer las fuerzas. Dejamos Aguilar y nos vamos hacia el oeste, donde se encuentran las tierras de León. La capital de nuestra provincia destino, la ciudad de León, está confinada y bloqueada con el fin de salvar el universo del omnipresente coronavirus. Por tanto la rodeamos y dentro de poco llegamos a la histórica ciudad de Astorga.
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En Astorga me quedé en un hostal de carretera, que tiene cafetería y restaurante. Entre el edificio del hostal y la nave de un concesionario de automóviles había un amplio aparcamiento capaz de albergar muchos trailers. Este lugar está situado a un kilómetro del centro urbano, no obstante, la cafetería tiene clientes desde la primera hora de la mañana: algunos llegan en coche, otros caminando por la acera y arcén de la carretera. Al lado de la misma carretera hay un cuartel militar de lanzacohetes que presume de un cohete instalado en su puerta.

Desde la ventana de la habitación, y después yendo por la acera hacia el núcleo de Astorga, vemos las torres gemelas de la catedral que nos llaman a visitar el casco urbano. La ciudad nos recibe con honor, con la rica decoración de la fachada de su templo principal. Desde la estrecha plaza delante de la catedral, mirando hacia arriba contemplamos esta creación del barroco leonés. Notamos por lo menos tres tipos de piedra que componen la fachada.

La iglesia de Santa Marta, patrona de Astorga, es vecina de la catedral. Tiene una ermita adosada, y entre los dos edificios hay una habitación muy pequeña por cuya ventana, a través de la reja, a menudo miran los turistas. Hace mucho tiempo ahí se encerraban algunas mujeres, manifestando así su vocación religiosa. A través de la ventana la gente les dejaba comida para que sobrevivieran.
La catedral y el complejo de la iglesia de Santa Marta — esta parte de la vieja Astorga nos recibió primera. Sin embargo, no hemos mencionado otra construcción que comparte esta zona. Hablamos del palacio episcopal que diseñó y empezó a construir el celebérrimo arquitecto catalán Gaudí a finales del siglo XIX y principios del XX.

Captan la vista las formas neogóticas del palacio, que puede parecer un castillo de Disney. El billete que se compra en la taquilla permite visitar el interior, así como los jardines. La antigua muralla apoya este lugar y lo eleva sobre los alrededores.
En nuestros tiempos el palacio no sirve de vivienda al obispo. Hace muchas décadas lo convirtieron en el museo de los Caminos, dedicado al tema de la peregrinación hacia Santiago de Compostela. Aquí se puede ver escultura eclesiástica medieval, diferentes enseres de la iglesia. En el sótano encontramos una colección de lápidas y otros artefactos de la Astorga romana.

En mi opinión, la parte vieja de Astorga tiene dos centros de atracción. Uno de ellos lo acabamos de ver. Al recorrer cierta distancia entre viejos y nuevos edificios de viviendas, tiendas, bares abiertos y abandonados, llegaremos a otro centro de atracción, la plaza Mayor. La encabeza el majestuoso ayuntamiento. Como es habitual en las ciudades españolas, en los pórticos de los edificios que rodean la plaza, se abren las puertas de múltiples establecimientos hosteleros. Cabe destacar que la plaza principal de Astorga guarda su papel dominante desde el mismo momento en el que los legionarios romanos fundaron esta ciudad. De hecho, tenemos la oportunidad de obtener más conocimientos sobre los tiempos de la fundación de la urbe. Si abandonamos la plaza por un el callejón que se abre a la izquierda del ayuntamiento, nos acercaremos a las puertas del Museo Romano. Tuve la suerte de poder unirme al recorrido llamado “La ruta romana”.

La ruta pasa por varios sótanos dispersos por todo el casco histórico. Por supuesto, no son sótanos normales. Al bajar en el interior de cada uno de ellos, veremos las ruinas que quedan de algunas construcciones de la época romana, incluidas las termas, fosos y murallas, edificio administrativo o templo. Para culminar el recorrido, pasamos por un tramo de la cloaca, alcantarillado romano.

En la era del Imperio Romano Astorga llevaba el nombre de Astúrica Augusta. El origen de este nombre es fácil de adivinar: la ciudad creció en la tierra de los astures y obtuvo el sobrenombre en honor al emperador Octavio Augusto. La ciudad empezó como cuartel de una legión involucrada en la instalación de la Pax Romana en esta parte de Hispania. El carácter militar del asentamiento primitivo se reflejó en la planificación de la futura Astúrica, en particular, le otorgó un gigantesco fórum. La plaza Mayor actual es un mero escombro de aquel antiguo espacio público. El centro de Astorga se sitúa en un alto que sobresale en medio de una llanura, rodeado de ella en todas las direcciones excepto desde donde hemos venido nosotros. El paseo sobre el tramo occidental de la muralla es un lugar de esparcimiento que los astorganos valoran mucho, desde ahí pueden disfrutar de unas vistas a los campos y montañas lejanas. Si el viajero no está cansado después de haber visitado la catedral, el palacio episcopal, Museo Romano y los sitios arqueológicos, puede recorrer algunas iglesias en las inmediaciones de la plaza Mayor: San Bartolomé, Fátima, Santa Veracruz y otras.

Cerca de Astorga hay un pueblo pequeño frecuentado por locales y turistas, se llama Castrillo de los Polvazares. Sus bajas casas construidas en piedra rojiza se dibujan sobre el verde intenso de las montañas, sus calles tienen un extraño adoquinado ondulado. Aquí abundan restaurantes, por ello vienen a Castrillo numerosas familias y grupos de amigos.

Otro lugar al que di un paseo en coche es Hospital de Órbigo, en el camino entre Astorga y León. Este pueblo es conocido por su puente muy largo, originalmente romano. Su historia está ligada a unas impresionantes justas de caballeros que organizó en el siglo XV un noble llamado Suero de Quiñones. El pasado, así como el presente del pueblo es inseparable del camino de Santiago. Incluso ahora se puede encontrar aquí a cansados peregrinos, a menudo de aspecto extranjero, con mochilas grandes en los hombros. Los peregrinos cruzan el río Órbigo por el puente y (ya que no falta mucho para el atardecer) buscan un albergue donde pernoctar.

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Son las siete de la mañana. Estoy en el coche. Ha llegado el momento de decirle adiós a Astorga. Hoy es lunes, aunque no es laborable, pues en él ha caído el 12 de octubre, la fiesta nacional de España. Cuando salí a la calle la mañana anterior, el frío me congelaba los dedos, obligaba a acelerar el paso. Las pantallas en las calles, así como los servicios meteorológicos en internet mostraban la temperatura de unos tres grados. Esta mañana se nota en todo que el frío es aún más fuerte. Los limpiaparabrisas producen ruido al frotarse por el rocío congelado que ha cubierto el cristal.
Todavía estoy en el núcleo urbano de Astorga cuando la pantalla del sistema informático del coche empieza a avisar de la helada: -0,5 ó -1 grado. De nuevo elijo una ruta alternativa para no pasar por la ciudad de León, aislada del resto del mundo. En la radio los presentadores de un programa matinal dicen bobadas y sinsentidos relacionados al agravamiento de la pandemia, a las medidas planteadas por el gobierno, a la reducida celebración del 12 de octubre este año.
El margen del cielo apenas se ha teñido de rosa. Paro cerca de un pueblo para moverme un poco y refrescarme la cabeza. El coche muestra -2,5 grados. En un lado de la carretera el muro delimita el cementerio, y en el otro se ve la huella de un vehículo sobre hierba alta. La propia hierba está cubierta de escarcha.
Continúo el camino. Pasa cierto tiempo. Amanece. Ya estoy en el puerto de montaña, desde donde empieza la comunidad autónoma de Asturias. La carretera se inclina hacia abajo y corre hacia el norte, en la dirección del mar. La temperatura fuera crece rápidamente, ya ha superado los diez grados.
Asturias es una región donde aparte del castellano existe una lengua propia, el asturiano. Es mi primera visita a esta comunidad, por tanto no sé qué tan extendido es el uso del asturiano entre la población. Captando fragmentos de conversaciones en la estación de servicio donde he parado, puedo afirmar que el acento aquí es peculiar. El pequeño trozo de pastel que he comido enseguida se filtra a la sangre en forma de glucosa, por lo cual mi cerebro, un poco agotado, revive.
Pongo el rumbo al este. Mi destino es un lugar histórico llamado Covadonga, cerca del pueblo asturiano de Cangas de Onís. Cuando estaciono el coche en un aparcamiento de montaña, ya hace buen tiempo, temperatura muy agradable, cielo despejado. Subo por un sendero a la sombra de hayas y fresnos. El aire es delicioso, parece que es dulce y se lo puede beber. Después de un corto ascenso ante nosotros aparece una imagen que verdaderamente corta la respiración: en la pared vertical de la montaña se abre una gruta, en la cual está incrustada una ermita. Debajo de la gruta unos ruidosos chorros salen de la roca. El agua llena un pequeño lago a unos pasos de donde estamos.

Por la escalera subimos a la gruta. El protagonismo en ella pertenece a una colorida imagen de la Virgen. Algunos visitantes están rezando, y los demás contemplan este maravilloso rincón con el acompañamiento sonoro del agua que se rompe abajo. Es la llamada Santa Cueva. Según la leyenda, aquí en el siglo VIII se resguardó de los conquistadores árabes el rey Pelayo con sus guerreros. La victoria de los cristianos en la legendaria batalla de Covadonga paró la ofensiva de los musulmanes hacia el norte.

Cerca de la cueva hay una basílica. En el momento de mi visita en su interior sucedía la misa que contaba con la presencia de un eclesiástico importante, quizás, el obispo. Las veneradas y simplemente bellas laderas de Covadonga estaban llenas de gente aquel día.
Todo tiene su fin, y este viaje estaba a punto de terminar. Sólo faltaba arrancar el coche y llegar a casa.