Senderos del parque natural de Pagoeta

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Es imposible imaginar la cultura europea sin carreteras. Las carreteras aceleran el movimiento de las personas en ciertas direcciones. Unidas a los muros y vallas, ellas no dejan que nos dispersemos por la faz de la tierra.

Esta estrecha carretera asfaltada nos conduce por su arcen. Pasamos al lado de un roble joven. Alegre por la llegada de la primavera, el arbolito colgó unos discretos pendientes en sus ramas finas, también han comenzado a abrirse sus onduladas hojas de un color verde fresco y brillante.

Entrada del parque natural de Pagoeta. Máquina de asfalto antigua.

Los ciclistas giran los pedales con energía yendo cuesta arriba, adelantándonos, ya que la pendiente no es nada empinada aquí. Sus compañeros que van en la dirección contraria, cuesta abajo, están poseídos por la alegre locura de la velocidad. En la entrada del parque natural de Pagoeta vimos una máquina de asfalto antigua, por alguna razón instalada aquí como monumento. Hace mucho tiempo que se abrieron brechas en su cubierta de madera. Nos encontramos en la provincia de Guipúzcoa (País Vasco), cerca de la villa costera de Zarautz.

Casa abandonada en Pagoeta.

Abandonamos la arteria de la carretera pasando al capilar de un sendero. El sendero nos obliga a acercarnos a una casa grande abandonada. Su fachada principal, como es lógico, da al sur. En la parte del norte, más fría, lo más probable, está la despensa. Desconocemos el objetivo de las dos estructuras cilíndricas adjuntas a esta parte del edificio. La casa está colocada al borde de una abrupta cuesta. Un pequeño espacio sobre la cuesta sirve de terraza o mirador. Seguro que ha pasado mucho tiempo desde que los habitantes de esta casa estuvieron en su terraza por última vez contemplando el amanecer o la vista al valle.

Los árboles se estrechan hacia arriba en busca de luz solar.

Ahora empieza una bajada en nuestro recorrido. Pagoeta se traduce del euskera como “lugar abundante en hayas”. Las hayas, con pocas excepciones, todavía están sin hojas. Los alisos se han decorado las ramas con amentos. Un pájaro pequeño se ha posado sobre el tronco de un árbol seco. Observando su comportamiento, vemos que el pajarito recorre otros árboles cercanos, va arrancando trozos de corteza, llevándolos al tronco elegido. ¿Está haciendo un nido? Desafortunadamente, mis escasos conocimientos en la vida de los pájaros no me permiten contestar esta pregunta.

Riachuelo en el parque natural de Pagoeta.

Ríos… Si un río es navegable, puede dirigir y acelerar el movimiento de las personas, de la misma manera que lo hacen las carreteras. La crecida de un río, aunque sea un río pequeño, es capaz de cortarnos el camino. En cambio, un riachuelo como este, que estámos viendo ahora mismo, sólo puede actuar sobre nosotros con la imagen de sus diminutas cascadas, embrujarnos con su ruido, “sumergir la mente en un misterioso sueño” (como dijo el poeta ruso Lérmontov).

Todoterreno de los guardas forestales en Pagoeta.

Viendo el bosque que apenas empezó a despertarse, superamos el próximo tramo del camino. Ahora nos situamos en el comienzo del sendero que sube a las cimas de la sierra. Aquí mismo pacen unos caballos de la conocida raza vasca llamada pottoka. La gente baja del monte o comienza la subida. La vista al mar azul y costa que acaba de aparecer sirve de fondo a todo lo que está sucediendo. En estas laderas hay muchos yacimientos prehistóricos esparcidos, y la información sobre ellos se puede leer en los carteles.

Vista al mar, monte. Un caballo pottoka pace en la ladera.

Empezamos a subir. Con el aumento de la altura el viento se hace más fuerte, parece que nos quiere tirar contra el suelo. Aquí escapamos fácilmente del cautiverio de los caminos y senderos: toda la ladera está a nuestra disposición. Han llegado unas nubes más densas y grises, aunque sigue habiendo aberturas a través de las cuales recibimos rayos del sol, tan agradables en este entorno un poco inhóspito. Un grupo alegre de niños y adolescentes está subiendo cerca de nosotros, acompañados por dos o tres adultos.

Vista al pueblo de Aia.

Dentro de un rato acabamos en la cima, en la cual hay una cruz alta de color blanco. Desde aquí se ven los montes que rodean los pueblos de Zarautz, Orio, así como a la capital guipuzcoana, San Sebastián. Aquí hay más gente que en los tramos anteriores. Algunas personas no se quitan las mascarillas ni siquiera en un lugar como este. “Dura lex, sed lex”, la ley es dura, pero es ley. Aunque, por supuesto, las fosas nasales tapadas con trapos de fibra sintética aspiran más los vapores propios del cuerpo y no el aire puro del monte. La fresca humedad no llega a la percepción de esta gente, no le golpea en las mejillas el viento frío, le es imposible disfrutar de los tímidos olores de la primavera vasca.

La iglesia en el pueblo de Aia.

Desde la cruz blanca el camino nos conduce hacia abajo de nuevo. Todavía en la ladera, contemplamos las vistas de las montañas. La tierra se ha convertido en escenario de un teatro, pues el sol aparece una y otra vez entre las nubes, iluminando los campos, bosques y el pueblo de Aia, que tiene una iglesia en su centro. Ahora el pueblo nos aparece a vista de pájaro, pero apenas en media hora vamos a tomar una taza de café en la plaza central de Aia, enfrente de la iglesia y ayuntamiento.

Las hojas nuevas de los árboles relucen al sol.

Al abandonar el pueblo, el sendero se adentra en el escenario del teatro natural. El sol sigue jugando con los actores: con los robles, cuya ropa se compone de brillantes puntos verdes, con las multitudes de hayas desnudas, cuyo color se sitúa entre marrón y rosa.

Una extraña ferrería-molino. Chorros de agua caen de su parte superior.

De pronto a nuestra izquierda aparece algo semejante a un castillo: muro de piedra y una puerta en él. ¿Puede haber un castillo aquí? De su lado llega un ruido extraño, es difícil decir cuál es su naturaleza. Una vista rápida nos permite conocer que la construcción no es un castillo sino un ingenioso dispositivo hidráulico. Encima del muro corre agua, desembocando en una piscina en el propio tejado del edificio, luego sale de ahí y en forma de dos chorros cae en otro depósito, esta vez al nivel de la tierra.

Abeja recogiendo néctar de una flor en el jardín botánico de Iturraran.

Aclaramos que de esta forma los habitantes de esta área empleaban la energía de los riachuelos para procesar el hierro y moler el cereal. Esta antigua ferrería-molino en la actualidad se puede visitar como museo, aunque a la hora de nuestra llegada sus puertas ya están cerradas.

Exuberante florecimiento en el jardín de Iturraran.

La mayor parte del camino se ha quedado atrás. Tomamos otra cuesta. Delante de nuestros ojos comienzan a aparecer palmeras y otras plantas exóticas. Los carteles mencionan los nombres de las especies en latín y euskera. Hemos entrado en el jardín botánico de Iturraran. En su parte superior nuestra vista recibirá un regalo merecido: flores de ciruelos, lilas, arbustos de la lejana tierra china… Después, una colección entera de magnolios, también en flor. En la salida del jardín los magnolios están mezclados con abedules, más simples, pero bellos. Los abedules están a punto de sacar sus hojas nuevas.

Camino en el jardín botánico de Iturraran. Los magnolios en flor.

Al sobrepasar la valla, nos vamos del jardín botánico. Otra vez estamos en el dominio de los árboles autóctonos, no exóticos. La vista capta los patrones ramificantes de los árboles, que se repiten, pero son irrepetibles. Al final volvemos a la máquina de asfalto del siglo pasado.

El mar al lado de Zarautz se ha puesto bravo. La espuma de sus olas incluso se ve desde aquí. Cualquier persona que estuviera sentada esta tarde en una terraza del paseo marítimo de Zarautz podría olvidarse de la realidad observando las olas que atacaban la tierra firme, como animales depredadores con espaldas encorvadas.

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