No sé si sólo es una peculiaridad de mi cerebro o una propiedad común de la percepción humana… Es que durante el tiempo que estoy en la naturaleza, entre árboles, montes y prados, mi sistema visual se carga de imágenes. Después del paseo, en un ambiente tranquilo, el cerebro empieza a generar imágenes por sí solo. Pueden ser partes de lo visto durante el día, aunque también pueden no tener nada que ver con ello. Se manifiesta una mayor fuerza de imaginación: la mente aporta con facilidad cualquier modelo visual que le pidan las capas superiores de la conciencia.
¿Quizás la naturaleza contenga algunos dibujos o patrones especiales que sirven de llave para los circuitos visuales del cerebro? ¿Pueden pertenecer a estos patrones los árboles que se ramifican, las hojas, las piedras o el barro del camino?
¿Pueden estar entre ellos estos cuervos grandes que acabamos de ver aquí, en la cercanía del parque natural de Aralar? Algo están divisando estos pájaros desde unos postes, lanzando su grito. Estamos en la segunda mitad de marzo del 2021. Esta mañana me he quedado en una habitación de una casa rural. La mañana ha sido fría y lluviosa. Tras un descanso corto he salido para tomar el primer contacto con Aralar. El cielo había dejado de rociar la tierra con su agua, pero seguía amenazando con el regreso de la lluvia torrencial de la mañana.

La siguiente imagen es una mezcla de lo natural y la creación humana. Bajamos al pueblo de Ataun. A mano izquierda, debajo del camino en el que estamos parados ahora mismo, fluye un río. Sus aguas agitadas y marrones tratan de arrancar los árboles que quedaron atrapados en el torrente. A unos cien metros río arriba la imagen se corona con la iglesia de San Martín.
Seguimos la ruta, que esta vez nos obliga a subir por la ladera. Árboles sin hojas, vista al desfiladero, a veces rachas de viento y asaltos momentáneos de la lluvia… Todo esto despierta un poco de ansiedad en el alma. Sin embargo, al caer el crepúsculo ya estamos en una carretera conocida, por la cual enseguida llegaremos a nuestro albergue.

Lo primero que hacemos en la mañana siguiente es visitar el centro del pueblo de Zaldibia, para desayunar o por lo menos poner algo en la boca antes de la ruta larga que hemos planeado para hoy. El tiempo ha mejorado notablemente, aunque el aire está bastante fresco, en torno a los cinco grados. Suena el río. Ya están abiertas las pequeñas tiendas, las cafeterías se están preparando para recibir clientes. Justo encima del caudal se encuentra la iglesia. Aquí mismo, en la plaza central, los obreros siguen con el trabajo de rehabilitación de un viejo edificio de viviendas, y otros edificios, hermanos de este, esperan su turno de ser reformados.

El ruido del río nos acompaña a lo largo de los primeros kilómetros del recorrido. A lo lejos se ve la sierra de Aralar. En el lugar donde confluyen dos ríos nos esperan unas construcciones hidrotécnicas que sirven de puente para que crucemos los poderosos caudales procedentes de la montaña. Justo en este lugar termina la parte llana de la ruta.

Su parte montañosa la precede una subida paulatina por las curvas de una carretera estrecha. Dentro de nada vemos un panorama lleno de azulados pliegues de montañas lejanas. Los valles están salpicados por poblados humanos. En la misma ladera donde estamos nosotros, pero más abajo, con orgullo ocupa su lugar un caserío-baserri vasco de muros blancos. La cima más cercana de la sierra a la que estamos subiendo está envuelta en nubes. Entre las nubes se ven las superficies nevadas.

En el puerto que alcanzamos hay un cartel que informa sobre el patrimonio prehistórico descubierto en esta área. Pisamos la calzada antigua que nos conducirá por las curvas de la ladera. En la roca de la calzada se ven las huellas talladas por los carros que transitaban aquí en tiempos pasados. Es este el camino que nos trae a un lugar más ancho, y aquí nuestra percepción tendrá un regalo en forma de estímulos visuales y sonoros. El ruido del chorro de agua muy fino que cae en el depósito de la fuente, lleva la imaginación a un florido jardín en algún país más al sur. La vista está dirigida a los árboles sin hojas iluminados por el sol. Pero más nos ocupa otro árbol, el gigante con las ramas taladas. No hace mucho tiempo desde que cayó aquí, al lado de la fuente. Contamos los anillos… El árbol tenía cerca de cuarenta años.

El camino describe una curva tras otra, la abrupta bajada lo bordea por la derecha, aunque los abundantes árboles y arbustos suavizan el caracter casi vertical de la ladera. Para seguir el recorrido, les pagamos a estos montes con un pequeño esfuerzo físico, necesario para subir la próxima cuesta.

Entramos en una pequeña meseta cubierta de prados verdes. Hayas centenarias pasan a ambos lados de nosotros. Ellas no tienen ninguna prisa en despertarse. El viento frío se siente con mucha más libertad que ahí atrás, donde nos protegía la ladera. A mano derecha vemos un lugar elevado con piedras grandes que sobresalen de la tierra. Este sitio está marcado como dolmen, un monumento de la era prehistórica. Un poco más adelante notamos otro dolmen, esta vez al descubierto. No obstante, puede ser que esta cámara de piedra orientada del sur al norte sea una imitación moderna con el objetivo de enseñarnos cómo se veían los dólmenes en los lejanos siglos de su construcción.

A la izquierda se elevan las laderas calvas de la sierra. Desde aquí abajo vemos que las jorobas de las cimas muestran un estrecho borde compuesto de innumerables manchas blancas. Es verdad que no nos deja tranquilos el viento frío, pero es difícil creer que ahí encima de nuestras cabezas pueda reinar el invierno.
Un laberinto de rocas y piedras de variadas formas separa el prado de la meseta y las laderas empinadas. ¿No les parecería a nuestros antepasados que este cinturón de piedra era la frontera entre la tierra colonizada y el mundo inhóspito de la montaña? ¿No sería por eso que colocaran sus objetos rituales y funerarios cerca de la frontera, en este lado de ella? Seguramente la antropología tenga respuestas a estas preguntas. Pero nosotros únicamente nos llevamos una instantánea mental del lugar.

Sí, nos llevaremos muy lejos esta instantánea. Sin embargo, ahora mismo la curiosidad nos detiene. ¿Cómo podemos marcharnos de aquí sin llegar a la franja blanca que brilla ahí arriba?
La ladera es bastante empinada y llena de arbustos pequeños con pinchos. Pronto aparecen pedazos de nieve medio derretida. Conforme vamos subiendo, la capa de nieve se vuelve consistente y entera. Un poco más y nuestros pies se hunden en la nieve con cada paso. El viento helado sopla a rachas y silba. El cielo está despejado, no hay obstáculos para los rayos del sol. Hace daño mirar a la superficie blanca y brillante alrededor.

Se hace raro contemplar las vistas sin nieve desde aquí. Como hace apenas media hora nos extrañaba la lejana franja blanca, ahora cuesta creer que pueda no haber nieve en todos los alrededores.
Sobre nuestras propias huellas regresamos a las faldas de la montaña. Nos dirigimos hacia el embalse de Lareo. En su orilla aparece otro dolmen. Ahora toca hacer el mismo camino de vuelta (esta vez sin subir a la cima nevada, desde luego).

Al final logré volver al pueblo de Zaldibia una hora y media antes del cierre de la hostelería (en estos tiempos los establecimientos tienen que cerrar a las ocho de la noche). Pude picar algo, lo cual era necesario, ya que había comido extremadamente poco en los últimos dos días.

El día siguiente, en una mañana casi despejada, me despedí de lejos de los majestuosos montes de Aralar. La nieve exponía su blancura en las cumbres, las nubes las abrazaban. Luego me esperaba el camino hacia abajo, a Ordizia, y de allí a San Sebastián en un tren de cercanías, entre la ruidosa multitud de sus viajeros.