Madrid. De nuevo estaba en una habitación compartida para cuatro personas. Uno de los huéspedes me habló. Descubrí que él era de la ciudad india de Mumbai, estaba estudiando en Bélgica por intercambio, y que había venido a España para visitar Madrid y Barcelona. Ya no quedaba mucho más tiempo para hablar, se acercaba la medianoche. Todos teníamos que dormir. El día siguiente me tocaba madrugar, ya que Madrid tan sólo era una parada transitoria en mi camino a Segovia.
Corría el mes de junio de 2021. El sábado por la mañana dejé la plaza de Callao y me dirigí por la Gran Vía hacia la plaza de España. De ahí la calle de la Princesa me condujo hasta el intercambiador de Moncloa. A las nueve cogí el autobús. Cuando salimos de la zona urbanizada que rodea Madrid, por ambos lados apareció una amplia llanura salpicada de encinares. Un túnel que atravesaba la sierra de Guadarrama nos sirvió de puerta a la provincia de Segovia en la comunidad autónoma de Castilla y León. No tardamos mucho en llegar a la capital de la provincia, que era el destino de mi viaje. Después de desayunar aquí mismo, enfrente de la estación de autobuses, fui con pasos tímidos hacia el núcleo histórico de esta ciudad joya de la tierra castellana.

La iglesia románica de San Millán. Capiteles de columnas y ábsides semicirculares propios del estilo románico. La torre quizás sea posterior al templo. Una mujer gitana pidiendo limosna en la entrada. En el interior un grupo de personas mayores terminaba de interpretar cantos litúrgicos. Entraron dos mujeres de origen latinoamericano. Entendí que su objetivo era acordar la celebración de la primera comunión para sus hijos.

Me alejé del altar hacia las puertas cerradas de la entrada principal. Las ventanas en la parte superior de las naves arrojaban luz sobre las cornisas talladas. La sensación de apertura al mundo exterior, a su luz iba de mano con la sensación de protección entre los muros hechos de piedra de un matiz agradable. El espacio del templo parecía muy amplio. Una mujer mayor, dirigiéndose a la salida con la cara llena de inspiración, exclamó: «¡Es una maravilla! ¡Una maravilla!» No sé si era local de Segovia o, como yo, visitaba esta iglesia por primera vez.

El sol calentaba. Subiendo por las escaleras y cuestas, avanzaba hacia la silueta de la torre de la catedral. Pasé al lado de la Casa de los Picos, un antiguo palacio nobiliario. Detrás del palacio giré a un callejón, del cual salí a una calle más ancha, de nuevo en la dirección de la catedral. Llamaba la atención la decoración de la mayoría de los muros: ornamentos recortados en el revestimiento, casi siempre geométricos. Más tarde descubrí que esta técnica se llama esgrafiado. De esta forma están decorados muchos edificios históricos de Segovia, pero no solamente ellos, sino también casas de viviendas más humildes. El sol de verano brillaba con fuerza. Vi un edificio bajo con escaparates, a los cuales hacían cola unos pequeños grupos de personas mayores. Me pareció un ligero toque de zoco oriental, poco habitual en una ciudad española contemporánea.
Plaza Mayor. La catedral me recibió con la nítida y detallada imagen de sus pináculos que se asemejan a unos soldados en filas, o a los árboles que crecen hacia arriba en la ladera de una montaña. Esta ciudad promete mucho,— pensé en aquel momento.

La catedral de Segovia fue levantada en el siglo XVI en el estilo gótico, muy tardío para aquella época. Los gustos de la época renacentista que dominaban el arte, por supuesto, influyeron en las decisiones de los arquitectos y artistas, de ahí viene la peculiaridad de este gótico, tanto en sus formas exteriores como en su interior. El puente imaginario a través del tiempo llega por otro lado a la arquitectura de los siglos más tempranos, que se deja ver en las construcciones del claustro. Es interesante el hecho de que el claustro fuera parte de la catedral anterior, que estuvo en otra parte de la ciudad. Aquella catedral antigua sufrió muchos daños en la época de levantamientos populares en Castilla (guerra de las Comunidades). Por lo tanto la derribaron, y su claustro lo trasladaron piedra por piedra al lugar nuevo.

Hace falta decir que la catedral que vemos hoy en día está dedicada a la Asunción de la Virgen y a San Frutos. Frutos es un santo local que vivió en la edad media temprana, se considera patrón de Segovia. Es curioso que fui el único participante de la visita guiada por la catedral. Gracias a la guía, una mujer mayor conocedora del templo, me informé de muchas cosas interesantes sobre el simbolismo en la decoración de este lugar sagrado. Por ejemplo, antes yo no sabía nada de las imágenes alegóricas de la Virgen María, tales como la escalera al cielo, el espejo, la luna, la puerta cerrada… En una de las capillas de la catedral se puede ver una figura de Jesucristo yacente, bajado de la cruz. La figura sorprende con la fidelidad en la representación del cuerpo humano, sus fibras, cabello, uñas, heridas sangrantes. Posee, como dicen, rasgos del arte de la Contrarreforma. Al mismo tiempo que los protestantes rechazaban la profusa decoración en las iglesias, los católicos insistían en la importancia de la imagen visual, capaz de mantener la llama de la fe en los corazones.

La visita por la catedral estuvo dedicada a mí solo, pero no fue el caso en la visita a la torre campanario. Ahí el grupo estaba completo, y lo llevaba otro guía. Uno de los cuerpos (niveles) de la torre servía de vivienda para el campanero y su familia hasta bien entrado siglo XX. Se conservo en este lugar un horno y unos diminutos dormitorios. Varias campanas, tanto antiguas como contemporáneas, se encuentran instaladas en la torre. En el pasado la importancia de la campana en la vida religiosa y civil era enorme. Por su sonido los habitantes de la ciudad podían saber la hora, enterarse del comienzo de las misas. Las campanas avisaban de todo tipo de peligros. Según la explicación del guía, se trataba de un instrumento musical gigantesco que codificaba el mensaje mediante ritmo y tonalidad. El oficio del campanero entró en decadencia con la llegada de las nuevas tecnologías de comunicación, así como con las reformas en la liturgia. Hoy en día los mecanismos sustituyen (de forma muy simplificada y limitada) al profesional absolutamente necesario en los siglos anteriores.

Unas excelentes vistas sobre Segovia y alrededores sirven de fondo a las campanas. Brilla el color amarillo de los campos a lo lejos, en el sureste se levanta la sierra de Guadarrama, más oscura. Entre los límites urbanos se ven, entre otros objetos, el palacio fortificado del Alcázar, las iglesias de San Esteban, San Millán, la de la Vera Cruz, el monasterio del Parral. Por supuesto, el famoso acueducto.
Cuando estaba a punto de abandonar la catedral, sonaron los acordes del órgano, uno de los dos instrumentos antiguos que están en el coro del templo. El organista tocaba, y los visitantes asombrados levantaban sus teléfonos con el fin de grabar este momento en la memoria de los dispositivos móviles.

Comí en la plaza Mayor con vista a la misma catedral. Muy cerca, en esta plaza caliente por los rayos del sol del mediodía, se festejaba una boda. En general, el espacio estaba lleno de gente. Al terminar la comida fui a registrarme en el hotel. Camino del hotel por primera vez vi el acueducto de cerca. Esta gigantesca y milenaria construcción de la época romana por milagro llegó a nuestros días. Sin exagerar, la primera vista sobre el monumento cambia la percepción que tenemos de los tamaños y de los tiempos. No obstante, no voy a seguir hablando del acueducto ahora mismo, como también aquel día pospuse la contemplación detallada del mismo, para hacerla más solemne.
La parte histórica de Segovia ha conservado sus murallas medievales. El núcleo fortificado se extiende por el alto, desde el acueducto en el este hasta el Alcázar en el oeste. Se podría suponer que todos los lugares de importancia histórica están dentro del recinto amurallado, pero no es así. Ya he mencionado la iglesia románica de San Millán, y es un ejemplo de un monumento importante situado extramuros. Y este ejemplo no es el único.
La tarde del sábado. Me acerqué a otra iglesia románica extramuros, la de San Lorenzo. La orilla del río Eresma es rica en rocas de granito y se encuentra bajo la sombra de los árboles. Por los senderos que siguen el cauce del río estuve caminando hacia un lugar que acumuló puntos singulares de la vida espiritual de esta región.

Desafortunadamente, el monasterio de Santa María del Parral estaba cerrado para visitas. Cerca de él, literalmente en la salida del núcleo urbano, se halla la iglesia románica de la Vera Cruz. A sus pies se ven dos banderas rojas: una de ellas lleva una cruz latina de color blanco, y la otra también tiene una cruz blanca, pero su forma es distinta: cada lado se parece a una cola de golondrina. Esto no es extraño, ya que el templo pertenece a la Orden de Malta.

Enseguida se nota la forma anular de la iglesia de la Vera Cruz. El muro exterior describe un dodecágono regular. En el medio del templo hay una torre interior (edículo), también de sección dodecagonal. Al anillo principal se adjuntan cuatro ábsides, así como una torre campanario. En la iglesia reina un ambiente de antigüedad y misterio. La fundaron los religiosos pertenecientes a la Orden del Santo Sepulcro y le dieron una original planificación poligonal, imitando a algunos lugares sagrados de Jerusalén. El imaginario popular, a diferencia de la versión oficial, atribuye la construcción de la iglesia a los caballeros templarios. Desde la iglesia de la Vera Cruz se ve bien el perfil de la Segovia amurallada que ocupa el alto. Sobresalen las torres de la catedral y del Alcázar.
Tan sólo unos minutos se tarda en caminar del templo que acabo de describir a un lugar verdaderamente emblemático, al convento de los Carmelitas Descalzos. A finales del siglo XVI lo fundó el mayor místico de la iglesia católica, Juan de la Cruz. Tuvo una biografía de destacado interés y fue un poeta original. En la primera mitad del siglo XVIII fue canonizado. Los poemas de Juan de la Cruz describen de forma metafórica la búsqueda de Dios por parte del alma humana. Jesús con la cruz está pintado en un cuadro pequeño que todavía se guarda en la iglesia del convento. Desde esta imagen, según testimonios, Cristo le habló a Juan después de que este trasladó el cuadro a un lugar más apropiado y rezó delante de él. ¿Qué es lo que le pidió el futuro santo a Jesucristo? Por supuesto, le pidió sufrimientos, trabajo duro, todo tipo de pruebas por la fe y por Dios.

El cuerpo incorrupto del santo está enterrado en la misma iglesia, y se puede ver una máscara fabricada en 1991, cuando el cuerpo fue exhumado para análisis. El altar de la iglesia está decorado con ilustraciones abstractas que se refieren a la poesía mística de Juan de la Cruz.
Al atravesar el parque me acerqué al santuario de la patrona de Segovia, la Virgen de la Fuencisla. Después tomé el sendero que transcurría por la orilla del arroyo Clamores, en medio de un valle boscoso. A la derecha e izquierda el camino estaba bordeado por majestuosas rocas que parecían haber salido de un cuento. En el aire estancado del valle se notaba la humedad del arroyo. Un poco más adelante se veían unas huertas en las que había gente trabajando. Según los anuncios en las puertas de la valla, ahí se impartía un curso de agricultura ecológica.
Empecé a subir por la cuesta contraria a la ciudad, entre los pinos del llamado Pinarillo. Aquí existió un cementerio judío, cuyas tumbas abiertas aún aparecen como cavidades oscuras en la roca. Arriba de la cuesta disfruté de la vista sobre la muralla de la ciudad, la catedral y barrios que la rodean.
Segovia, como muchas otras ciudades españolas, tuvo un predecesor en la época romana (el cual, por supuesto, fue fundado en las tierras de las tribus iberas locales). De aquel predecesor los segovianos actuales han recibido el acueducto y casi nada más. En el siglo V los conquistadores germánicos llamados visigodos llegaron a la Hispania romana, pero después de un período corto (al principio del siglo VIII) su reino fue barrido por los invasores musulmanes. Segovia acabó en un territorio fronterizo con escasa población. Se cree que la ciudad aquí dejó de existir, aunque podría haber pueblos separados.

En el siglo XI los cristianos del Reino de León reconquistaron las tierras segovianas. Entonces empezó la construcción a gran escala. Las iglesias románicas, la muralla y el Alcázar son testigos de esta época. En la ciudad existió una importante comunidad judía que ocupaba la parte sur, entre la catedral y la puerta de San Andrés. Los documentos confirman la presencia de habitantes musulmanes también.
Volví a la ciudad a través de la puerta de San Andrés, ya mencionada. Cerca de aquí pasa una línea imaginaria que separa la antigua Judería y el barrio que hace siglos habitaron los canónigos de la catedral, las Canonjías. Este barrio posee una gran importancia histórica por la riqueza de su arquitectura románica en su variante civil (no religiosa). Entonces, no es extraño que muchos portales aquí tengan arcos con indicios claros de antigüedad. Mientras el sol bajaba hacia la línea del horizonte, estuve paseando por las Canonjías. La luz cálida de la tarde despejada doraba las baldosas de las calles en cuesta y las fachadas de los edificios. Vi la puesta del sol desde el mirador en la plaza de Mauricio Fromkes. Estando ahí, se puede ver el monasterio del Parral, la iglesia de la Vera Cruz y el convento de los Carmelitas Descalzos. Llegó el momento en el que el confín de la tierra visible ocultó la estrella tan cercana a todos nosotros. Solamente quedó un punto ardiente, pero en varios segundos también desapareció en el olvido.

Fui a cenar al restaurante indio, la ubicación del que encontré en internet. Mientras estaba atravesando la Segovia medieval y amurallada, se encendió la iluminación de la catedral. Antes fui la única persona en la visita guiada a la catedral, así mismo pasó en el restaurante: fui el único cliente en su sala. Uno de los trabajadores del restaurante, pakistaní de origen, se puso a hablar conmigo, y tuvimos una conversación corta sobre nuestros países, sobre sus costumbres, maneras de llegar a ellos desde España… De esta forma, sin que hubieran pasado las veinticuatro horas completas, he hablado con representantes de dos países enfrentados políticamente del subcontinente indio. Menos mal que a una distancia tan larga la efímera naturaleza de cualquier enemistad se derrite, dejándonos la esperanza de que en un futuro la paz reinará en todo el mundo.

El restaurante indio se encuentra cerca de la iglesia de San Millán. La avenida del Acueducto conecta este sitio con la plaza del Azoguejo. Desde la altura de su vida de casi dos mil años el acueducto observa el ocio y alegrías de nuestros contemporáneos que ocupan las terrazas en la plaza y se entregan a las pasiones de sus breves días. Condescendiente y con simpatía mira el acueducto a los turistas, ya que estos lo adoran moviendo sus cámaras y teléfonos como si fueran incensarios.

El ambiente turístico a los pies del acueducto concede a este sitio un encanto cosmopolita. Este «turisteo» no irrita, al contrario, da vida. Por la noche (más o menos hasta las doce) el acueducto se ilumina. En fin, ¿qué es exactamente esta obra de ingeniería de la Antigua Roma?
La tarea del acueducto era traer agua de las montañas. Una construcción tan imponente compuesta de dos niveles de arcos hizo falta para atravesar la zona baja entre las laderas de las montañas y el alto donde se encuentra Segovia. Es curioso que el acueducto está construido de bloques de granito sin ningún tipo de argamasa o cemento entre ellos. Aparte del pensamiento técnico ingenioso, en el monumento se plasmó una perfecta visión estética: sus líneas son esbeltas y armoniosas. Esta noche y la mañana siguiente subí varias veces al mirador, donde los arcos del acueducto se topan con la muralla. Por la mañana me senté en el muro del mirador y durante varios minutos mantuve la mirada puesta en los arcos. Al lado de ellos volaban los vencejos inquietos, moviéndose como si fueran trocitos de té en la taza, agitados por la cuchara. A esta hora temprana sobre la ciudad subían unos globos, y se escuchaba desde arriba el ruido de las llamas que los inflaban.

La mañana es un buen tiempo para un paseo tranquilo. Me acerqué a tres iglesias románicas: las de San Esteban, la Santísima Trinidad, San Martín. Estuve al lado de la puerta de la iglesia dedicada al Corpus Christi, cuyo edificio albergó hace mucho tiempo la sinagoga mayor. En cuanto empezaron a abrir los museos, entré en el interior de la iglesia de San Juan de los Caballeros, otra construcción del románico segoviano. En el siglo XIX estuvo en decadencia, sirvió de almacén y garaje. La compró el artista Daniel Zuloaga para convertirla en taller para su talentosa familia. Hoy se sitúa aquí la colección del museo de Zuloaga. Representantes de varios linajes nobles de Segovia están enterrados en esta iglesia. Aquí descansó el historiador Diego de Colmenares que vivió en el siglo XVII y dedicó un libro al pasado de su ciudad natal. Hoy en día el libro está disponible en internet. Yo también leí algunos capítulos cuando me estaba preparando para el viaje a Segovia.

También vi la tumba de Angelina de Grecia. Cuenta la tradición que era nieta del rey de Hungría capturada por los turcos otomanos. Más tarde los turcos fueron derrotados por Tamerlán. Una embajada castellana visitó el imperio de este gran conquistador, quien envió a las damas (Angelina y su hermana María) a Castilla como regalo. Angelina se casó con un noble castellano, tuvo hijos. Justo aquí, en la iglesia de San Juan, terminó su recorrido terrenal.

En la Segovia medieval rodeada de murallas se distinguen tres partes con fisonomía original: el antiguo barrio de los canónigos (Canonjías), el antiguo barrio judío (ya había mencionado dichas dos áreas en este texto), y la tercera parte ocupa el este y noreste del recinto amurallado, se refiere a ella como el Barrio de los caballeros. En este barrio se halla la iglesia de San Juan de los Caballeros, de la que he hablado hace poco. En las calles de la parte oriental de Segovia vivían las familias de la nobleza local. Muchos palacios de los nobles se han conservado: la Casa de los Picos, el torreón de Lozoya, la torre de Arias Dávila y otros.

Además de los monumentos de arquitectura religiosa y militar, tenía curiosidad por ver una vivienda tradicional de esta parte de Castilla. La visita al museo de la fundación Rodera-Robles resultó ser una buena oportunidad para hacerlo. Una parte de la colección está dedicada a la historia del grabado, pero también hay fotografías y pintura, y muchas obras representan la Segovia del pasado. La colección está expuesta en una casa de los siglos XV-XVI, en la que hace muchos años vivieron familias pertenecientes a la nobleza.
La vivienda, como siempre ha sido el caso en el centro y sur de España, tiene como centro el patio interior. Ahí se puede ver un pozo, se oye el ruído de una pequeña fuente al lado. Al patio se accede pasando por el zaguán, legado de la arquitectura árabe de Al-Ándalus. La casa tiene dos plantas. En la planta baja uno de los lados del patio tiene portico con columnas. Dos lados del nivel superior están hechos en forma de galerías de madera.

Al final de mi estancia en la ciudad visité el palacio fortificado del Alcázar, donde vi muchos aposentos reales ricamente decorados. Algunas estancias contienen objetos que cuentan la historia de la artillería y el ejército en general. Desafortunadamente, no tuve la suerte de subir a la torre de Juan II. Los visitantes entran ahí por grupos a horas determinadas. No pude esperar a la visita más cercana disponible, porque así habría perdido el autobús de vuelta. El Alcázar con el parque que lo rodea me pareció uno de los lugares más populares entre los turistas, junto a la catedral y la plaza al lado del acueducto.
Después de la comida en un lugar cercano a la iglesia de San Martín tuve la suerte de pasar una vez más por las calles de Segovia. Tras mi último paseo cogí el autobús que me llevó al sur de la sierra de Guadarrama, de nuevo a la capital española.