Tudela y las Bardenas Reales: inabarcables

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Introducción

La niebla, como espuma blanca, bajaba de las cimas de la sierra de Aralar por su vertiente sur. Las conversaciones que podemos escuchar sin querer en un autobús (incluso si alguien habla en voz alta por teléfono y sólo escuchamos una parte del diálogo), pues estas conversaciones se asemejan a los objetos antiguos, a las cartas de corteza de abedul de Nóvgorod, a los escombros de cerámica que encuentran los arqueólogos. Casi nunca tienen valor reconocido en el minuto en el que suceden. Aunque, si se registra, cualquier conversación de estas puede convertirse en un futuro en un rasgo del retrato de nuestra época. Un rasgo que ayudará a la gente del futuro a entender nuestra época mejor o confundirá a esa gente del todo, la convencerá de que la comprensión es imposible.

El asiento detrás de mí lo ocupaba una mujer de mediana edad de origen latinoamericano (lo más probable, de Colombia). Le estaba contando a alguien por teléfono sobre algunos sucesos en su trabajo (entendí que se dedicaba a la limpieza). Reveló también que el día anterior la vacunaron contra la infección del año diecinueve que todos conocemos. Aún no tenía efectos secundarios marcados, pero le dolía el brazo en el cual recibió la inyección. Con todo esto hoy ha tenido que trabajar.

Otra conversación que escuché fue mucho más optimista. La chica que ocupaba la plaza delante de mí le estaba contando a su tía que había empezado a trabajar en la radio, de sus primeros directos, de que la noticia escrita o leída por ella fue emitida desde la redacción central en Madrid.

En Pamplona me quedé en un hostal, en una habitación compartida para ocho personas. Cené pizza y fui a dar una vuelta antes de dormir. Llegué a la plaza del Castillo, me adentré un poquito en las calles del casco antiguo de la capital navarra. Se divertían los jóvenes animados por las bebidas, y las manecillas de los relojes estaban a punto de marcar la llegada de la medianoche.

La mañana del sábado, 26 de junio tenía que ser un hito para cierta parte de la población: dejaba de ser obligatorio el uso de mascarilla en la calle. No obstante, en el espacio medio vacío de Pamplona (ya que no eran ni las siete de la mañana) se veían aquí y allá trapos azules y blancos; los viandantes no tenían prisa en exponer sus caras al aire y a las miradas de desconocidos.

El recorrido en autobús de Pamplona a Tudela estuvo acompañado por las las voces ruidosas de un grupo de adolescentes que iban a pasar tiempo en la costa catalana. Aquí termino la introducción, que ya se ha alargado, y me pongo a describir los lugares que había marcado como destino para este viaje.

Bardenas Reales

En torno a las nueve y media de la mañana crucé el puente sobre el río Ebro en Tudela. Detrás de mi espalda se quedaron las torres de la catedral y de la iglesia de María Magdalena. Toda la primera hora del camino (o más) me acompañarían en mi marcha hacia el este. Mi objetivo era la reserva natural de las Bardenas Reales. Comprenden más de cuarenta hectáreas de estepa, semidesierto y pinares. Lo más atractivo para el ojo humano ahí son las rocas y barrancos moldeados caprichosamente por la erosión.

Arroyo salado

Para llegar al terreno de las Bardenas tuve que caminar repitiendo el recorrido de la carretera. Afortunadamente, no fue necesario ir por el asfalto encontrándome todo el rato con los coches. Más o menos paralelamente a la carretera discurre un sinuoso camino de trashumancia llamado la cañada, lo usé para acercarme a las Bardenas.

Iba cruzando barranco tras barranco. Vi delante de mí un arroyo, estrecho, de muy poca profundidad, con agua casi estancada, pero transparente. Salté para atravesarlo. Probé el sabor del agua: era salada, casi como en el mar. Está claro: los rayos del sol potente hacen que el agua se evapore, de manera que crece la concentración de sales en el lo que queda en el arroyo.

En la descripción de la ruta que hice por los alrededores de El Toboso mencioné el sentimiento de alegría que suelo tener cuando voy por el llano, en medio de los campos, colinas, arbustos propios del secarral. Aquí experimenté algo parecido. No se había acabado la mañana aún, el sol ya calentaba fuerte, pero el aire se movía con ternura, como si hiciera cosquillas en el alma. La música entraba en la cabeza.

Un lago pequeño

Me bañé en un pequeño lago que encontré en el camino al adentrarme un poco en el terreno de la reserva. Había renacuajos nadando en el lago. Las ranas pequeñas se asustaban de mi aproximación y saltaban de la orilla al agua.

Entendí casi enseguida que había cometido un error en no fijarme en la escala del plano de la reserva natural. Iba atravesando el espacio de la llanura, miraba el mapa en el teléfono… ¡y resultaba que no había recorrido ni una pequeña parte de lo planificado! Los pies andaban sin cansarse, se sucedían las vistas iluminadas por el sol, ¡pero mucho más rápido corría el tiempo!

Seguí adelante, adelante y adelante, acelerando el paso… Al entender que no era capaz de ralentizar el tiempo, tomé una decisión difícil: renuncié al tramo en el extremo sur de la ruta, por la Negra (una sierra que lleva este nombre, porque el suelo ahí es más oscuro que en el resto de las Bardenas). Empezaron a verse barrancos trazados según la caprichosa imaginación de la naturaleza. En algunos casos en medio del barranco se podía ver un pilar de color arcilla, que «crecía» hasta el nivel de la superficie fuera del barranco. Por los lados del camino salían arbustos, y la mayor parte del área (excepto montes y rocas) estaba convertida en campos de cereales.

Flores, campo de cereal y montaña

Seguí caminando más, más y más… Las espigas de trigo se abrazaron entre sí con las aristas, y, apoyando una a otra, como hermanas, resistían al viento. En vez de inclinarse y doblarse cada una, formaban un mar por el que corrían olas en medio de un ruido seco, parecido al susurro. Los pajaritos pequeños detenían su vuelo sobre los campos, moviendo con rapidez las alas y llenando el aire con su canción.

Mi cara ya estaba un poco quemada por el sol, pero yo caminaba, caminaba y caminaba… Eran las tres de la tarde aproximadamente. Hay que decir que el destino prefirió tener piedad conmigo: primero, ahora estaba andando en la dirección norte, y segundo, el cielo se tapó con nubes, por tanto quedé protegido de los rayos ultravioleta. En el norte apareció una columna oscura de la lluvia. A veces brillaban relampagos verticales, dibujados con estrechísimas líneas. A mí también me salpicó la lluvia, pero no duró mucho.

Arbusto de romero
Romero

El alto al que accedí después de un corto ascenso, me ofreció vistas sobre dos valles a la vez. La vista a mano derecha cortaba el aliento. El fondo del valle y las laderas estaban saturados de estrechas franjas y líneas de los campos, barrancos, rocas carcomidas. Por primera vez aquí me fijé en las rocas que presentaban un degradado de colores: naranja, gris, verde, amarillo.

A lo lejos apareció la parte norte de la reserva: al principio una llanura con montes aislados, después una meseta. No obstante, me hacía falta caminar, caminar y caminar para poder ver sus formas de más cerca. Algunos de los montes que veía en el camino, decorados con franjas horizontales de varios colores, me recordaban a templos budistas, iglesias carpadas rusas, catedrales góticas.

Valle ancho con barrancos

Hay una forma de superficie común que se encuentra en todos estos montes. La denominé para mí mismo pata de elefante. Los montes están atravesados por placas de un material más resistente, además cada placa sobresale hacia el exterior con un borde recortado de forma aleatoria. La forma del borde define la erosión de las materias más frágiles situadas más abajo. La roca se ensancha según nos acercamos a su parte inferior, y sus superficies convexas, divididas por pliegues, se asemejan a los dedos en la pata gruesa de un elefante.

La roca típica de Bardenas con franjas horizontales de colores

Después de dedicarle al camino un tramo de tiempo nada corto, pisé una carretera polvorienta, donde a ratos pasaban tractores, coches, motocicletas. Se puede decir que es parte del anillo principal, ruta más importante por el norte de la reserva. Quizás sea el área más popular entre los visitantes, reproducida en fotos más que ninguna otra. Desde el norte el horizonte se veía limitado por montes claros y arrugados. Mientras avanzaba más al oeste, la superficie de la tierra se enriquecía con rocas que poseían formas más elaboradas. El suelo aquí era casi blanco.

Más adelante se veía un monte ocupado por una base militar. Cierta parte de la reserva de las Bardenas es un polígono de tiro del Ejército del Aire de España. Como me enteraría más tarde, hay movimientos políticos y sociales que se pronuncian en contra de este uso de las tierras.

Barrancos en el primer plano, montañas en el fondo
Vista sobre la parte norte de la reserva natural

Las vistas se volvían cada vez más bellas. Parecido a lo que había pasado con el tramo sur de la ruta, me vi obligado a sacrificar su curva norte. El tiempo corría sin detenerse mientras yo caminaba hacia la salida de la reserva natural. Mirando con frecuencia a la pantalla del móvil, estuve siguiendo el camino decidido hacia el río Ebro. Tenía que apresurarme para regresar a Tudela y registrarme en el hotel.

Pero no tenía ganas de ir con prisa: la tarde era suave y agradable, las imágenes de los montes redondeados no abandonaban la vista… La naturaleza se manifestaba en los grupos de perdices que salían volando de la densa vegetación alrededor del agua, en un animalito pequeño que salía de los arbustos y me observaba, en las nubes de mosquitos que buscaban la posibilidad de beber un poco de sangre de mi cuerpo cada vez más agotado.

Rocas, barrancos y montañas iluminadas por la luz de la tarde

A veces andaba, a veces corría a lo largo del barranco de Las Limas, procurando poder llegar a tiempo a Tudela. Y la ciudad, ¡ya había aparecido a lo lejos! Aquí está la orilla del Ebro, ¡también está aquí la oscuridad de la tardía noche de junio! Por el cansancio iba como si estuviese borracho, por un camino de piedras. Las piernas y la espalda amenazaban con tumbarme a pasar la noche aquí mismo, y entonces me ponía a correr con el fin de redistribuir la carga en otros grupos de músculos. Más y más a menudo miraba en el mapa, estimando el tiempo de llegada.

Por fin tengo delante de mí el puente tudelano. Esfuerzo, esfuerzo, esfuerzo. Cruzar el río. Recorrer doscientos metros por la calle a la izquierda. Después la misma distancia hacia la derecha. La misma a la izquierda. ¡El hotel! Son las once y media. Mientras la trabajadora del hotel registraba mi llegada, yo apenas me aguantaba de pie, aunque me alegraba por dentro. Ya en la habitación del hotel me vi en el espejo. La cara, roja de la radiación solar recibida, estaba cubierta de diminutas gotas. La camiseta se destiñó en algunos lugares bajo la acción del sudor.

Tudela

El sábado tan saturado de actividad lo sustituyó un domingo tranquilo, tan bueno para ver la ciudad de Tudela sin prisa. Vino bien el desayuno de tipo buffet libre en el hotel. Hacía falta recuperar las fuerzas.

Tudela se sitúa en la orilla derecha del río Ebro, en el sur de Navarra, donde esta región se junta con Aragón y la Rioja. La ciudad se fundó a principios del siglo IX (en la época del emirato de Córdoba). Desde el punto de vista militar la tarea que cumplía la fortaleza de Tudela era actuar contra los gobernantes del confín noreste de Al-Ándalus, pertenecientes a la familia Banu Qasi, ya que estos tenían aspiraciones separatistas.

Imágenes de tres calles de Tudela
Calles de Tudela

El gobernante más conocido de la Tudela islámica es Musa ibn Musa (de los mismos Banu Qasi, a veces rebeldes frente al emir, que al final propagaron su poder a esta tierra). También la ciudad contribuyó al mundo cultural (un ejemplo es el poeta árabe que se conoce bajo el apodo del Ciego de Tudela). Posteriormente a la Reconquista aquí nació el viajero judío Benjamín de Tudela. Benjamín recorrió múltiples países del Mediterráneo y Oriente Próximo, escribió un tratado sobre sus experiencias.

El relieve del ladrillo viejo se refleja en los ojos de una persona que pasea por las calles centenarias de Tudela. Las calles son estrechas, aún así permiten disfrutar de las fachadas de las construcciones históricas, palacios y edificios más humildes. Hace siglos la mezquita mayor ocupaba un lugar en el centro de la ciudad. Después de la reconquista ahí se levantaron los muros de la catedral románico gótica. La rodeamos… Destaca la portada del Juicio con ocho filas de esculturas. Por una calle estrecha que se abre hacia el portal van personas, algunas a misa, otras a las cafeterías que hay cerca de la catedral.

Vista sobre la portada del Juicio de la catedral
Portada del Juicio

Desde la plaza que se abre delante de otra fachada del templo contemplamos el campanario. Tanto en el campanario como en el tejado de la propia catedral viven cigüeñas. Es agradable observar los movimientos suaves y sin prisa de las aves en este momento aún matutino.

Una vez terminada la misa del domingo, la catedral de Tudela se puede visitar. La entrada para turistas es a través del Museo de Tudela. Aquí se puede ver objetos de arte religioso, pintura, algunos hallazgos arqueológicos. También el museo da acceso al claustro de la catedral. Mientras estoy observando la exposición en una de las salas laterales detrás del pórtico del claustro, suenan golpes metálicos: una monja joven vestida de blanco, haciendo esfuerzo, abre la puerta del templo.

Fragmentos del interior de la catedral
En la catedral de Tudela

El templo principal de Tudela es majestuoso, pero al mismo tiempo no está saturado de decoración. Se puede recorrer tranquilamente todo su espacio, ver los retablos góticos y capillas barrocas. En estos mismos minutos dos o tres monjas, así como un hombre que lleva una camiseta negra, están trabajando para preparar las flores y velas en el altar, ajustar el micrófono y los altavoces.

No se ha acabado aún el tiempo dedicado a las visitas turísticas, cuando irrumpe a través de otra entrada una multitud de gente en trajes de fiesta. Entiendo: esta gente se junta para presenciar la ceremonia de la Primera comunión de sus hijos. La imagen exterior de la celebración luce con una vestimenta exquisita, tanto la de los propios jóvenes católicos como la de sus padres e invitados.

Iglesia de Santa María Magdalena y plaza delante de ella
Delante de la iglesia de Santa María Magdalena

La calle del Portal baja de la catedral a la iglesia románica de Santa María Magdalena. En la plaza delante de la iglesia hay dos hombres hablando, uno de ellos sujeta su bicicleta. Contemplo la talla y escultura en la portada del templo. En algunos huecos noto unos nidos. Sus dueñas, las golondrinas de pecho blanco, a veces se esconden en ellos, a veces salen del refugio.

Entro también en la llamada Casa del Almirante, un antiguo palacio nobiliario, donde ahora se exhiben obras de artistas y fotógrafos locales. En este punto acabo mi programa museístico. Me siento a comer en la monumental plaza de los Fueros.

En la plaza de los Fueros
Plaza de los Fueros

En el territorio de la actual Tudela hubo asentamientos mucho más antiguos que la ciudad-medina árabe. Se situaban en el cerro de Santa Bárbara. Los árabes erigieron aquí una fortaleza (alcazaba). Más tarde la siguieron utilizando los cristianos. Ya había sucumbido Granada ante los ejércitos de los Reyes Católicos, Colón había llegado a la costa americana, pero pasarían años hasta que la unión de los reinos castellano y aragonés consiguiera someter el reino independiente de Navarra. Poco tiempo después las fortificaciones de Tudela empezaron a desmontarse, los tudelanos fueron aprovechando las piedras para construir edificios en la ciudad.

Un ciclomotor en un callejón
En un callejón tudelano

Hoy en día en el cerro de Santa Bárbara se yergue una estatua de Jesucristo construida en los años cuarenta del siglo XX. Estando a sus pies, se puede observar toda Tudela y sus alrededores. Dirigiendo la mirada hacia el Ebro, vemos a mano izquierda un monte con franjas horizontales, que como un hermano se parece a los que vi el día anterior en la reserva natural de las Bardenas. El propio semidesierto, que todavía recuerda los pasos de mis pies, se dilata por todo el horizonte. A la derecha sus tierras protegidas se limitan por un parque de generadores eólicos. Bajamos la mirada hacia la orilla más cercana del Ebro. Vemos un gran sector verde compuesto de huertas y jardines. Paralelamente al río está trazada la línea del ferrocarril. Más a la derecha se halla la ciudad; por supuesto, la catedral y la iglesia de María Magdalena dominan en su vista.

Vistas desde el cerro de Santa Bárbara
Vista sobre Tudela y su río

Me queda una hora hasta el autobús de vuelta a Pamplona. La dedico a un paseo tranquilo por las calles calmadas de Tudela.

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