Cuenca: sobre las hoces de dos ríos

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La provincia de Cuenca es la parte este de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Ya la había visitado (más exactamente, los pueblos de Uclés y Mota del Cuervo). Sin embargo, no había estado aún en su capital, la homónima ciudad de Cuenca. El comentario que más he escuchado de la gente es que Cuenca-capital es un lugar muy bello, además cualquier persona que la ha visitado menciona las Casas Colgadas como el principal lugar de interés. En julio de 2021, en uno de los fines de semana, visité Cuenca, de suerte que pude andarlo todo con mis propios pies, verlo todo con mis ojos y guardarlo en mi propia memoria.

Primer día

Pasadas las seis y media de la mañana, estando yo en la estación de Atocha en Madrid, tuve que resolver el problema (que no fue nada fácil) que consistía en encontrar el andén del cual salía mi tren de alta velocidad. A través de campos, planos como una mesa y de vez en cuando arrugados por barrancos y colinas, desarrollando una velocidad casi de 300 kilómetros por hora, el convoy me trasladó al destino. Bueno, no es del todo cierto. La estación de alta velocidad de Cuenca, así como ocurre en algunas otras ciudades de España, se sitúa bastante lejos del núcleo urbano.

Había taxis y, parece, había dinero para pagar uno, el destino estaba definido también, pero preferí una caminata entre campos y huertas. La mañana era clara con cielo despejado. El transporte más fiable y barato, los pies me ayudaron a llegar a una avenida larga que atravesaba unas zonas industriales y barrios de edificios de viviendas.

Tras una noche sin sueño que pasé en el camino, mi cabeza cansada creía que yo era un intruso aquí y no un invitado deseado. Desayuné y seguí el camino hacia el centro histórico. El majestuoso, pero inaccesible para una persona normal edificio del hospital de Santiago. Una calle de cafeterías y tiendas que se llama Carretería. Al final llegué al punto donde se juntan los ríos Júcar y Huécar. Si fuera pintor, empezaría a pintar el retrato de Cuenca justo por este sitio. Trataré de explicar el porqué un poco más adelante en este texto.

Arco a través del cual se ven unas ventanas con rejas y paisaje natural

Ya me encontraba entre dos ríos, y me puse a subir por las calles antiguas. A través de un arco que atravesaba un edificio apareció una vista sobre las rocas verticales a lo lejos. Durante mi estancia aquí, muchísimas más veces irrumpirá la naturaleza en el entorno urbanístico que esté viendo. En Cuenca el Huécar desemboca en el Júcar. De la misma manera la ciudad creada por humanos desemboca en las magníficas formaciones naturales. Esta comparación tan torpe es, sin embargo, verdadera.

Fachada y torre de relój
Fachada en la plaza de la Merced y la torre de la Mangana

Pasé al lado de las iglesias de San Andrés, San Felipe Neri, y al final subí a la plaza de la Mangana. La plaza es una plataforma moderna sobre las ruinas de los muros antiguos. Aquí hay una torre solitaria. Su tarea siempre ha consistido en mostrarles a los habitantes de la ciudad el reloj, gracias al cual estos se enteraban de la hora del día. La pintoresca plaza de la Merced está delimitada por fachadas barrocas. Desde esta plaza los visitantes entran en el Museo de la ciencia de Castilla-La Mancha. Aquí estamos muy cerca de la plaza Mayor. La pisé después de pasar un monumental arco. En la plaza Mayor las formas y colores de los edificios ayudan al sol a crear un ambiente alegre. El espacio está ocupado por numerosas terrazas, lo cierra la fachada neogótica de la Catedral de Santa María y San Julián.

Fragmentos del interior de la catedral
En la Catedral de Cuenca

La catedral me mostró varias capillas: algunas de estilo barroco, otras con rasgos del mudéjar. La luz entra al interior por unas vidrieras modernas con un dibujo geométrico sencillo. Está abierto a las visitas el claustro, así como un patio desde el cual se puede disfrutar de una vista sobre las rocas y cuestas que bajan a la depresión del río Huécar. Adicionalmente se puede subir al triforio de la catedral. Lo hice, y gracias a ello pude ver el interior de la catedral desde una galería elevada. Al bajar la mirada, me convertí en testigo de la Última cena de Cristo y los doce apóstoles, aunque, claro está, en su expresión escultórica. La entrada completa que compré en la catedral me permitió visitar también la estrecha torre campanario de la iglesia de San Pedro. Este templo está más arriba en el casco histórico, cerca del lugar en el cual hace siglos se elevaba el castillo de Cuenca.

Una campana, vista sobre el centro de Cuenca y los campos a lo lejos
En la torre de la iglesia de San Pedro

Tras abandonar el casco histórico por una puerta antigua, se puede girar a la derecha para ver la hoz (valle estrecho en curva) del río Huécar, pero también se puede ir a la izquierda para ver desde la altura el Júcar: este río lo vigilan unas cornisas naturales en las rocas rojizas. Yo eché un vistazo a ambas hoces. Ya eran las dos de la tarde. Si quería comer algo, era el momento más adecuado para buscar un lugar. Después de comer entré en el hotel, donde dormí una hora y media aproximadamente.

Vistas de tres calles conquenses
Calles conquenses

Llegó la tarde, aún muy luminosa. Un camino por la orilla izquierda del Huécar me acercó al Parador de turismo (un establecimiento de hospedaje prestigioso), que ocupa el antiguo convento de San Pablo. Probablemente, la acera al lado de su puerta es uno de los sitios más visitados en la ciudad, ya que enfrente, en el otro lado del valle rocoso del Huécar, se agarran de las rocas unos edificios que recibieron el apodo de las Casas Colgadas. Un romántico puente sobre el valle del Huécar, que lleva el nombre de San Pablo, conduce a dichas casas. En los días de mi visita el puente estaba cerrado por obras. Supongo que esta circunstancia desilusionó a muchos turistas, pero a mí no tanto. Sinceramente, las Casas Colgadas me parecieron apenas una milésima parte de la belleza que posee Cuenca.

Una roca en forma de seta con la ciudad de fondo
Vista sobre la ciudad desde las rocas

Crucé el Huécar por otro puente, en la parte de abajo del valle, y me dirigí por un sendero hacia el castillo de Cuenca, casi desaparecido hoy en día. De camino pude ver las Casas Colgadas desde abajo… También se ven desde un sitio más elevado y lejano, sobre las rocas. Algunas de las rocas están coronadas por unas bolas, como si fueran setas. Recuerdo que en un mirador cuesta arriba había un grupo de jóvenes, cuya conversación llegaba a mi oído. Una chica latinoamericana le preguntaba a un joven africano sobre su país natal, de qué hacía aquí, en Europa, y el interlocutor con ganas contestaba las preguntas.

La catedral iluminada por la luz de la tarde, unos moteros delante de la fachada
La fachada neogótica de la catedral

Sobre las Casas Colgadas y el valle del Huécar se yerguen los edificios de muchas plantas pertenecientes al barrio de San Martín. Son una especie de rascacielos construidos sin las tecnologías del siglo veinte. Crucé por segunda vez la parte antigua de la ciudad, y el crepúsculo ya me encontró abajo, en la parte más moderna. Sin saberlo, entré a cenar en un restaurante cuya dueña es bastante conocida en España, porque estuvo entre los líderes de una competición culinaria emitida por uno de los canales centrales de televisión.

Al terminar la cena, caminé hasta la orilla derecha del Júcar, al barrio de San Antón. Sus casas blancas, de noche iluminadas por las farolas, y sus calles estrechas escalan la cuesta y están sumergidas en un aire algo bohemio. Mientras estaba recorriendo estas callejuelas, los sonidos de un concierto llegaban desde abajo, desde la orilla del río. Llegué hasta un lugar donde terminaba la luz artificial, terminaban las casas y aparecía la hierba seca que cubría la ladera del monte. Era tarde, así que de ahí me fui directamente al hotel, a dormir.

Segundo día

Tratemos de describir el terreno que alberga a la ciudad de Cuenca. Empecemos por la desembocadura del riachuelo Huécar en un río más caudaloso, el Júcar. Ninguno de los dos ríos es grande, lejos de las arterias fluviales como el Ebro, el Duero o el Tajo. La poca anchura de los ríos conquenses se compensa por la grandeza de sus valles. En la galería natural, bordeada por las rocas como columnas, el Huécar se pierde del todo, y la cinta azul turquesa del Júcar apenas se entrevé detrás del verde de los árboles.

Se ve la torre de la Mangana, algunas iglesias y muchas casas blancas
Vista desde el cerro del Socorro

La ciudad vieja ocupa el alto entre los ríos que se juntan. Las orillas rocosas del Júcar y Huécar servían a la fortaleza árabe de Qunka de muralla natural. Como ya he mencionado, las Casas Colgadas miran por encima del valle del Huécar hacia el antiguo convento de San Pablo, hoy en día parador. Sobre el parador se alza el cerro del Socorro. En su cima hay una estatua de Jesucristo.

Empecé la mañana del domingo subiendo a esta cima. Desde la ladera del cerro miré directamente a la cara de la ciudad. Sí, justo desde la altura en la cual arrancan los «rascacielos» de San Martín. Sin la necesidad de levantar la cabeza aunque sin ascender demasiado. Me pareció que desde la ladera se pueden hacer las mejores instantáneas de Cuenca. Me atreví a mirar a la ciudad también desde arriba, donde está la estatua.

El puente metálico de San Pablo atraviesa el valle de Huécar. Las Casas Colgadas parecen una continuación de las rocas verticales.
Las Casas Colgadas y el puente de San Pablo

Descendiendo de la cima del cerro, anduve debajo de unas rocas semejantes a dedos gigantescos que indican al cielo. Unos minutos más tarde estuve cerca del parador. De aquí miré una vez más a las Casas Colgadas, ahora el sol matutino iluminaba sus fachadas desde el este. Recorrí de nuevo el sendero que había conocido el sábado y alcancé la parte alta del casco antiguo. De ahí me encaminé a la junta de los dos ríos.

Empecé a hacer la ruta que describe una curva por ambos lados de la hoz del Júcar. En este momento las nubes acabaron de tapar el cielo, disipando los rayos arrojados por el potente sol de esta latitud. Decidí caminar por la ruta en el sentido horario. Al principio avanzaba por arriba de las rocas sobre la orilla derecha del río. Se veían las rocas verticales en la orilla izquierda, poco a poco se alejaba la ciudad. Abajo se podía distinguir el agua turquesa del caudal, playas de arena, gente en ellas, piscinas de color azul celeste. Todo esto rodeado del verde suculento de muchos matices.

Una roca en forma de seta, abajo apenas se entrevé el río
Sobre la hoz del río Júcar

La ruta pasa al lado de la ermita y cueva de San Julián el Tranquilo. Julián fue obispo de Cuenca a finales del siglo XII y comienzos del XIII. Solía venir a una de las cuevas de esta zona para entregarse a la oración. También hacía cestas de mimbre, las vendía en la ciudad para darles el dinero ganado a los pobres. Recogí un poco de agua que apenas salía de la fuente cercana a la cueva. Ahí mismo una pared entera estaba llena de azulejos con imágenes, menciones de familias y sus lugares de origen: supongo que eran de los peregrinos que hicieron donación para la ermita.

Crucifijo y pared con azulejos
Al lado de la cueva de San Julián el Tranquilo

El camino bajó hasta el río, y pasé a la orilla izquierda por un puente. Aquí había gente, muchas personas habían venido para hacer deporte de remo. Siguiendo el camino, vi grupos de deportistas de otro carácter, escaladores. Menos mal que hay muchas rocas verticales por aquí, suficientes para todos.

Una tienda y el río Júcar
Sobre el río Júcar

Dentro de poco volví a la ciudad, donde comí en las inmediaciones de la catedral. Hizo falta otra caminata de una hora, hasta la estación, para coger el tren de alta velocidad de vuelta. Ya en Madrid, yendo en metro desde la estación de Atocha al intercambiador de Avenida de América, tardé más de lo esperado en un transbordo. Un pequeño retraso en la salida del autobús que tenía que coger me salvó de la mala suerte de haberlo perdido. Así, gracias a Dios, terminó felizmente mi escapada a la maravillosa ciudad de Cuenca.

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