Si decidimos reproducir la escapada que hice en julio de 2021, en su penúltimo fin de semana, necesitaremos un coche: propio o de alquiler, ambas opciones sirven. Durante dos días nos dedicaremos a explorar la franja de tierra que se extiende en la dirección de la carretera Burgos-Soria.
Vamos a recorrer la última parte del camino ya en la oscuridad de la noche. Si el calendario lunar por casualidad nos regalara un día parecido a aquel que me regaló el mencionado fin de semana, nos tocará ir persiguiendo la enorme moneda de la luna, algo rojiza, como el hierro oxidado, mientras ella se aleja lentamente del horizonte. A ratos tendremos que luchar para no abandonar la realidad, ya que la imagen de las colinas boscosas plateadas por la luz de Selene intentará llevarnos del mundo de lo habitual al reino de los cuentos y fantasía.
Reproduciendo dicho viaje mío, nos quedaremos a dormir en el pueblo de Espejón, que está en la provincia de Soria, aún así muy cerca de su frontera con Burgos. El pueblo está rodeado de montes. La primera sensación al llegar aquí es la pureza del aire. Parece que su temperatura y humedad están elegidas de tal manera que llenen mejor los pulmones, que nos nutran de oxígeno. Antes de llegar la medianoche, oiremos los misteriosos gritos de los animales que están por los montes cercanos.
La mañana siguiente conduciremos un poco hacia Soria por la carretera nacional, giraremos a la derecha y seguiremos las indicaciones para el pueblo de Ucero. Es una de las entradas al cañón del río Lobos desde la provincia de Soria. Antes de bajar a Ucero, pararemos en el mirador de la Galiana. Desde este sitio elevado se puede ver una parte del cañón. No obstante, el verdadero valor del lugar se debe a los múltiples agujeros en la roca del escarpe, pues albergan a buitres leonados, unas aves carroñeras. Con un rico plumaje en todo el cuerpo, excepto la cabeza, en la que sólo tienen pelusa, los buitres sobrevuelan el cañón buscando cadáveres de animales en la tierra. Si tenemos la misma suerte que tuve yo, las aves pasarán una vez tras otra delante de nosotros, en ocasiones apenas a varios metros de distancia.

Ninguna vista desde arriba puede ser mejor que un paseo por el fondo del cañón. Por ambos lados se levantan los escarpes rojizos. A veces cuesta creer que son obra de la naturaleza, ya que muestran bovedas esféricas y contrafuertes, como si fueran iglesias medievales, y estas formas se combinan con agujeros distribuidos aleatoriamente en la piedra caliza. Iremos por las orillas del río Lobos, contra la dirección de su corriente. La vegetación propia del campo y del pantano, sus flores compondrán bellas imágenes delante de nosotros.

En esta parte del cañón hay un punto que atrae a muchísimos visitantes. Es el lugar donde se sitúa la ermita tardorrománica de San Bartolomé, cuya fundación se atribuye a los caballeros templarios. En los alrededores de este lugar de culto, como si fuera para destacar el misterio que lo envuelve, se concentran unas formas singulares de la naturaleza. Al subir un corto tramo por el sendero que parte de la misma ermita y trepa por la rocosa ladera, se puede ver un orificio grande en la roca. Realmente hay dos orificios, lo cual se observa bien desde el otro lado de este alto, si avanzamos siguiendo el río. Además, al lado de la ermita se eleva una roca solitaria que parece una columna labrada, y en la otra orilla del río se abre la boca de una cueva bastante grande.

En el camino de vuelta hacia la llamada Casa del parque, es decir, la oficina que recibe a los visitantes de la reserva, nos separaremos del cauce del río y seguiremos otra ruta marcada, la senda de las Gullurías. Por este sendero ascenderemos a un mirador desde el cual veremos los terrenos del cañón a vista de pájaro. El aire enriquecido por las sabinas y pinos que abundan aquí, no dejará de entrar en nuestras vías respiratorias, actuando sobre sus paredes como un bálsamo curativo. El sol quema; las ramas de las sabinas sueltan un aroma dulce y fresco, y nosotros respiraremos la alegría que se propaga con él.

En el aparcamiento cerca de la Casa del parque está nuestro coche. Lo dejaremos descansar algún tiempo más e iremos a pie al pueblo de Ucero. Veremos que la actividad hostelera aquí está al máximo, los clientes compiten por cada mesa en la terraza o en el interior.
Después de comer vendría bien otro paseo. Un lugar perfecto para visitar, antes de abandonar el pueblo, es el castillo de Ucero. Un camino fácil y no muy largo nos subirá al promontorio que domina la entrada al cañón. La torre del homenaje está rodeada por un complejo sistema de muros. El castillo se construyó en el siglo XII o XIII, en los años cuando más al sur duraban las guerras entre cristianos y musulmanes (conocidas como la Reconquista), y los señores cristianos del norte iban poblando sus terrenos recién adquiridos con gentes de otras partes de la península ibérica. El castillo no estaba en solitario: al lado existía un pueblo. Si nos apartamos un poco de la plaza fortificada, podemos ver las ruinas de la iglesia que formaba parte de aquel poblado medieval.

Por fin haremos uso del coche que ya ha descansado un rato bajo cubierta en el aparcamiento. Lo conduciremos hacia Burgos y pronto saldremos de la carretera nacional hacia la izquierda. Nos hemos adentrado en la provincia de Burgos. Una carretera estrecha con muchas curvas nos acercará al pueblo de Santo Domingo de Silos. Vale la pena venir aquí para ver casas de arquitectura popular. Estas casas se apoyan en las construcciones de madera cuyos huecos están rellenos con ladrillo o piedra. No obstante, lo más famoso de este lugar es el monasterio de Santo Domingo. Este foco de vida monástica al principio estaba dedicado a San Sebastián, pero en un momento de su larga historia cambió de patrón. El que pasó a ostentar este honor fue su antiguo abad Domingo (vivió en el siglo XI). Más tarde se escogería el nombre de este santo para bautizar a otro religioso eminente y mucho más famoso. Sería Domingo de Guzmán, fundador de la orden de predicadores (dominicana), que es una de las más importantes en el catolicismo.

Tenemos la oportunidad de entrar en el claustro del monasterio de Silos. Cumpliendo con el distanciamiento social y llevando mascarilla, siempre avanzando en la dirección indicada, recorreremos sus galerías bordeadas por columnas románicas, luego visitaremos una farmacia antigua y el museo del monasterio.
Si todavía no hemos rechazado la idea de seguir los pasos de mi viaje en aquel julio, subiremos hasta la ermita de la Virgen del Camino. Desde aquí se ve muy bien todo el pueblo. Aquí podemos descansar, ya que llevamos muchos kilómetros recorridos por el cañón y por las calles urbanas.

Tras el descanso regresaremos sin prisa al centro de Santo Domingo de Silos, daremos un paseo por sus calles. Luego iremos a Espejón, el pueblo donde pernoctamos. Después de cenar, cuando se haga de noche, iremos a la ermita de Nuestra Señora de Brezales a tres kilómetros del pueblo. Así hice yo, y mi objetivo era disfrutar del cielo estrellado. Efectivamente, en este lugar no hay luz artificial. La noche aparece de forma plena, tanto su oscuridad como los ruidos de la naturaleza que no duerme. Aunque ya fuera de noche, los margenes del cielo aún estaban bastante iluminados. Por tanto no tuve la suerte de ver la Vía Láctea y astros menos brillantes. Para eso, creo, habría que esperar una o dos horas más. Consideré suficiente la media hora que pasé en tranquilidad a solas con el cielo estrellado, aunque no tan rico en estrellas.

Al volver a la habitación del hotel abriremos la puerta del balcón, para que todo se llene de aire puro del monte. Después de unas seis o siete horas de sueño profundo nos pondremos a preparar el segundo día del viaje. Hoy el plan será sobre todo histórico y cultural.
***
Nos despedimos de Espejón y nos marchamos a Caleruega. Este pueblo en la provincia de Burgos es la patria de Domingo de Guzmán, al que ya hemos mencionado en este texto. Hemos llegado aquí demasiado temprano. Teniendo en cuenta que hoy es domingo, veremos calles y plazas vacías, las fachadas de piedra reflejarán la luz cálida del sol matutino.

Después iremos al norte por una carretera que se abre paso entre los bellos campos. Al atravesar el túnel cerca del desfiladero de la Yecla, nos acercaremos otra vez a Santo Domingo de Silos, de donde tomaremos el camino hacia el pueblo de Covarrubias. Aquí la arquitectura popular castellana nos espera de nuevo. Nos uniremos al movimiento de turistas, de diferentes edades y estilos, aunque la mayoría de ellos son españoles.

Aquel domingo de julio, durante mi viaje, visité la iglesia de San Cosme y San Damián, luego el torreón de Fernán González. El torreón está rodeado por una colección de modelos que reproducen algunas armas de asedio medievales, de las épocas cuando todavía no se usaba la artillería. El guía estaba hablando sobre los modelos con mucho interes y conocimiento profesional: él mismo había disparado de algunas réplicas, y otras las había visto en funcionamiento.

En el pueblo de Covarrubias podemos picar algo antes de salir hacia el último destino de nuestra ruta. Es un pequeño poblado situado cerca de aquí, que lleva el nombre de Quintanilla de las Viñas. Goza de tener en su terreno el monumento que me llamó la atención, la ermita de la Virgen de las Viñas. Su edificio fue construido en los siglos VII-VIII, es decir, en la época del reino visigodo, antes de que las huestes árabes irrumpiesen en la antigua Hispania. La verdad es que este lugar superó mis expectativas. El responsable del monumento me contó a mí y a la pareja joven que coincidió conmigo, sobre los elementos de patrimonio histórico dentro de la ermita. Más que eso, el hombre estaba tocando la guitarra, ensayando, pero también creando un ambiente inmejorable para los visitantes de este lugar sagrado.

Dentro de la ermita se pueden ver imágenes talladas en piedra que representan a Cristo y su madre María. Es curioso que son arcaicas, guardan vínculo a los cultos antiguos del Sol y de la Luna. En la parte exterior también hay talla, esta vez en forma de viña, animales fantásticos y combinaciones de letras cuyo significado no ha sido del todo descifrado. Tanto la ermita como el pueblito de Quintanilla (a menos de un kilómetro) se hallan en las faldas de una sierra.

Mientras volvía al pueblo, donde había dejado el coche, me encontré con un hombre que me saludó. Me contó que trabajaba aquí, en Quintanilla, también se interesó por los detalles mi viaje. Me recomendaba que subiera a la cima de la montaña que se alza sobre el pueblo, ya que desde allí se podían observar unas vistas increíbles. Dijo también que aquí cerca había un dolmen y huellas petrificadas de dinosaurios.

Ya me quedaba poco tiempo. Sin embargo, volviendo a la carretera de Burgos, pude echar un vistazo a las pisadas que dejaron los reptiles de hace millones de años, en el lodo de aquellas eras tan distantes, que ahora está petrificado e investigado por los científicos. Sólo me quedaba disfrutar del camino de regreso, evitando autopistas de pago, tal y como intento hacer en todos mis viajes.