Incursión turística en Tarragona

Читать по-русски

Entre todas las publicaciones en las cuales intento transmitir mis recuerdos de los lugares visitados, ya le he presentado al lector los textos dedicados a Toledo, centro de la Hispania visigoda, y a Córdoba, capital del emirato, después califato islámico en la Península ibérica. Este texto será el tercero en esta serie, ya que aquí hablaré de otra ciudad importantísima, esta vez para la Hispania romana. En aquellos tiempos remotos la ciudad se llamaba Tarraco, mientras que hoy en día se conoce como Tarragona.

Es habitual decir que el Imperio Romano cayó al ser invadido por las huestes de los bárbaros. Nuestra visita a Tarragona también sera una incursión bárbara. Es una incursión, porque invadiremos este rincón del Mediterráneo tan sólo durante dos días. Es bárbara, porque nuestro objetivo es saquear cuanto podamos, aunque se tratará de riquezas no materiales, y las capturaremos con la ayuda de los cinco sentidos humanos. Para un ataque turístico no hacen falta carros de guerra, máquinas de asalto, ni siquiera tanques: los suplirá el tren de alta velocidad desde Zaragoza.

Sobre las diez de la mañana llegamos a la estación de Camp de Tarragona. La estación recibe los trenes bastante lejos de la Tarragona portuaria, por lo tanto tendremos que utilizar el servicio de autobuses para acercarnos al destino.

Figura de bronce que representa una torre compuesta de cuerpos humanos
Escultura de los castellers

El autobús nos trajo a la estación situada cerca de la plaza grande y redonda que se llama Imperial Tàrraco. Desde la plaza arranca hacia el mar la avenida de la Rambla Nova. Ahora mismo nos encontramos al lado del monumento de los castellers, acróbatas populares catalanes. Las figuras humanas de bronce, imitando a sus prototipos vivos, han construido una torre. Unas figuras tienen sus pies sobre los hombros de otras. Los turistas se detienen en este lugar para hacer una instantánea de la escultura y de sí mismos. Es hora de dirigirnos hacia la costa por la Rambla. Al caminar un tiempo breve, giraremos a la izquierda, ya que justo allí, en el casco antiguo, nos espera la mayor parte del legado romano.

El cielo está despejado. El sol ilumina la plaza de la Font con luz brillante. El ayuntamiento de Tarragona ocupa uno de los lados del rectángulo. Son horas matutinas. Los camiones descargan las mercancías necesarias para las cafeterías de la plaza.

Patinete eléctrico con las ruinas del circo romano de fondo.
La antigua Roma se encuentra con el siglo XXI

Abandonamos la plaza de la Font por el lado contrario al ayuntamiento. Las fachadas de colores tiernos, iluminadas por el sol, componen la imagen de una despreocupada ciudad costera. Aquí mismo, sin buscar nada, ¡nos topamos con el esqueleto de la Tarraco desaparecida en la eternidad! A mano izquierda se ve una calle paralela a la que estamos recorriendo. Se encuentra a una mayor altitud. Y en la ladera que baja hacia nosotros sobresalen unos enormes escalones de piedra. ¡No es otra cosa que una parte de la grada que perteneció al circo romano! Si caminamos un poco más, podremos visitar la parte del circo que mejor se ha conservado y está convertida en museo.

En las galerías del circo

Acabamos de entrar en las galerías de esta construcción del pasado lejano. Sus bóvedas están hechas de hormigón romano, opus caementicium. Las paredes están cubiertas de pequeños sillares de piedra, como si fueran azulejos. Desde el mirador encima de las galerías, y luego desde el tejado que cubre la Torre del Pretorio disfrutamos de las vistas sobre el mar y sobre Tarragona. La Torre del Pretorio fue edificada en los tiempos de la dominación romana, y en la Edad media se convirtió en palacio de los reyes aragoneses. Respectivamente, se reconstruyó y se adaptó al nuevo uso.

Una torre antigua, una larga bandera catalana cuelga de su muro.
Torre del Pretorio

En el primer instante la mirada capta el cuerpo de la catedral que ocupa el alto. En el lado contrario, más abajo del monumental circo, se instaló en la roca otro lugar de ocio de los romanos, el anfiteatro. Más allá el mar azul lo abraza todo, a lo lejos han parado o navegan muy despacio unos barcos portacontenedores. El mar está cerca. El ruido rítmico de las olas se oye incluso aquí, en el tejado de la torre. No lo silencia el bullicio de la vida urbana ni el tráfico por la milenaria Vía Augusta. Con la cara hacia el mar, a mano derecha vemos a lo lejos las estructuras portuarias y grúas. Si nos damos la vuelta, la mirada se encuentra con un conjunto grande de casas, algunas de ellas están pintadas y otras guardan el color de la piedra. Las azoteas de muchas casas están preparadas para que sus dueños puedan pasar ahí las calurosas tardes y cálidas noches.

Es la costa mediterránea, y no parece extraño que el aire esté saturado de calor húmedo. No obstante, la temperatura aún no sale mucho del rango de comodidad. Bajamos hacia el anfiteatro. En el parque que linda con este monumento romano pasean locales y turistas. El guía le cuenta la historia de este lugar a un grupo numeroso de visitantes.

Las ruinas del anfiteatro, detrás de ellas se ven edificios modernos, a mano derecha aparece el mar
Anfiteatro romano

Una parte de las gradas del anfiteatro está hecha en la roca, y la parte restante está edificada. Una fracción importante de las gradas está reconstruida en las décadas no tan lejanas, puesto que hasta el siglo XX el anfiteatro estuvo oculto bajo una capa de tierra y en medio de edificios más tardíos. La arena está rodeada de piedras con letras talladas en ella. Son restos de la cornisa que mencionaba el nombre del emperador en cuyo reinado se llevó a cabo una reconstrucción de este lugar de entretenimiento cruel. Aquí se celebraban luchas de gladiadores, luchas con animales… Los carteles marcan el lugar ocupado en el pasado por el santuario de Némesis, aunque aquí hay algo que llama más la atención…

Por supuesto, son las ruinas de planta de cruz que se ven en medio de la arena. Semejante a un árbol joven que crece desde el tronco de un gigante caído hace mucho tiempo, justo en medio del anfiteatro abandonado apareció una iglesia cristiana (siglos VI-VII). El lugar se eligió por una razón muy importante: hacía tres siglos, cuando los cristianos aún estaban perseguidos, en el anfiteatro fue ejecutado el obispo Fructuoso y sus diáconos Augurio y Eulogio. Hasta hoy se veneran como santos cristianos. Un templo visigodo en honor de los tres mártires cedió el lugar a una iglesia románica con la advocación de Santa María del Milagro. Probablemente, a raíz de su cercanía a la iglesia, el mismo nombre, Miracle, lo tiene… la playa que queda más abajo, detrás de la línea del ferrocarril. Justo ahora estaría bien refrescarse en el agua marina, lavar el sudor de la piel.

Barco rojo bajo la bandera española
Un barco de Salvamento Marítimo

Después del baño pasearemos por la zona portuaria. Caminando cerca de los tinglados disfrutaremos de las vistas sobre los yates, un barco de Salvamento marítimo, y muchas otras embarcaciones. Al salir del puerto nos esperarán unas fachadas coloridas que forman una fila a lo largo del paseo marítimo. Es el barrio de El Serrallo. Amarrados a los diques, se ven muchos barquitos y lanchas de los pescadores. Las plantas bajas de los edificios sirven de locales para los restaurantes, estos además han ocupado parte del camino peatonal para desplegar sus terrazas. Por aquí habrá una mesa libre para nosotros también.

Fachadas y terrazas
El Serrallo

Después de comer nos tocará entrar en el hostal, luego visitar la catedral de Tarragona, una de las más bonitas, grandes y antiguas en Cataluña. Por el camino de nuevo veremos la muralla romana. Un lugar imprescindible es la plaza de Pallol, foco que concentra el patrimonio histórico y la belleza de una ciudad medieval catalana. La catedral de Tarragona se erigió en el siglo XII, su estilo se enmarca en la transición del románico al gótico.

Portada gótica con esculturas de santos. Todo está iluminado por el sol de la tarde
Portada de la catedral de Tarragona

Las capillas y la decoración del interior son góticas o de estilos posteriores. Destaca por su belleza y armonía el pórtico del claustro. El el capitel de una de las columnas se puede ver una escena humorística que representa la procesión de las ratas que llevan a un gato muerto o dormido.

Tarragona fue fundada por los antiguos romanos (aunque claro, en un lugar ya poblado) en el siglo III a. C. El poblado sirvió como fortaleza en la guerra contra los cartagineses. Los romanos conquistaron toda la península Ibérica y convirtieron a Tarragona en la capital de la provincia llamada Hispania Citerior (Hispania Próxima).

Tres figuras de santos en una pintura mural desgastada por el tiempo
Pintura mural en la catedral

Cuando el Imperio Romano cayó en el olvido, a Tarraco le tocó una época de decadencia. La ciudad no destacó mientras pertenecía a Al-Ándalus islámico, aunque tras unirse a la corona de Aragón y al condado de Barcelona logró recuperarse demográfica y económicamente, pero, claro está, jamás recuperó la importancia que gozó en la antigüedad.

Fachadas de casas y una calle estrecha que gira
Calle en el casco histórico

Por hoy nos queda recorrer el llamado Paseo arqueológico, unos 700 metros en paralelo a la muralla romana al pie de sus torres. Ahí nos sorprenderá el crepúsculo. Ahora se puede callejear por la Tarragona histórica, observar cómo pasan esta tarde noche de sábado sus habitantes contemporáneos, cómo juegan sus niños alrededor de las milenarias ruinas romanas.

Vista sobre una torre romana iluminada por la noche
Una torre de la muralla romana

En la habitación del hostal encontramos a un estudiante italiano que va a hacer las prácticas en un hospital cercano, a un español de mediana edad, así como a dos argentinas que están estudiando en Madrid y viajando por España.

El repliegue

Ha llegado el segundo y último día de nuestra incursión en Tarragona. Lo empezaremos con un desayuno y otro paseo sin prisa por el casco histórico. Aquí notaremos (y no es la primera vez) que algunos rasgos bárbaros medievales no sólo los poseemos nosotros, sino la propia Tarragona también. El mejor ejemplo que lo demuestra es la utilización de lápidas romanas para decorar algunas fachadas. Ayer, en una de las calles que baja desde la catedral, vimos un bar que tenía una placa de mármol con una inscripción en latín al lado de su puerta. Y ahora estamos frente a un palacio nobiliario que presume de varias lápidas romanas y judías en su fachada.

A través de la puerta se ven los clientes del bar. A mano derecha de la puerta hay una lápida romana incrustada.
Bar con una lápida romana

Por el portal de Sant Antoni abandonamos la Tarragona fortificada, antigua y medieval. Un cartel grande que reza «Construyendo el barrio construimos la República» se ve a través del hueco de dicho portal. La palabra República, claro está, se refiere a la Cataluña independiente tan deseada por los nacionalistas catalanes. Nosotros, que no queremos sumergirnos ahora en la política, elegimos sumergirnos en las aguas mediterráneas; para ello vamos a bajar a la playa a esta hora de la mañana.

Una calle que baja al mar, árboles exóticos; el cielo se fusiona con el mar
Tarragona: una idílica vista sobre el mar

Después del baño en las olas transparentes y tranquilas visitaremos el Fórum de la colonia, ruinas de un centro administrativo romano (se encuentra fuera del recinto amurallado). Una parte importante del fórum estuvo ocupada por la basílica, una sede administrativa y jurídica de la cual quedan varias columnas corintias. Además de la basílica, en este terreno se ha excavado una serie de edificios más humildes, es fácil ver el trazado de las calles y plazas.

Columnas corintias
Ruinas del fórum

Es hora de retroceder llevándonos las impresiones conquistadas en Tarragona. No se trata de una huida, más bien de un repliegue. Nuestro destino es la estación de los trenes de alta velocidad. Afortunadamente hay una ruta de senderismo que une la ciudad y la estación de Camp de Tarragona. Una ventaja de este camino de repliegue es la oportunidad de visitar el acueducto que en los tiempos del Imperio Romano conducía las aguas del río Francolí a Tarraco. Es una magnífica estructura (también conocida como «Puente del Diablo»), que cruza un valle, dominando sobre un pinar. Tiene un atractivo adicional: los visitantes podemos pasear por el canal en la parte superior del acueducto.

El acueducto iluminado por el sol, antes del mediodía
Acueducto

Desde el acueducto hasta la estación el camino también discurre por el pinar y en parte por poblado. Parece que todo va bien y llegaremos a la estación mucho antes de la hora de salida del tren. Faltan apenas dos kilómetros cuando vemos que el mapa en nuestro navegador deja de coincidir con las escasas marcas de la ruta sobre el terreno.

Nuestro avance se ralentiza por la hierba alta que ha ocupado los senderos, y peor aún por los arbustos con pinchos que comenzaron a devorarlos. No obstante, el destino nos es favorable: ya estamos en la estación, y tenemos tiempo, más que suficiente, para pasar al andén al cual va a llegar nuestro tren.

Leave a comment

Design a site like this with WordPress.com
Get started