A este viaje le dediqué cuatro días de puente, incluida la fiesta nacional de España, 12 de octubre. Esta vez no fui solo, sino con amigos, y es fácil entender que el programa cultural se diluyó con los minutos agradables de conversaciones, desayunos, comidas, cenas a mayor medida en comparación con lo que sucede en mis escapadas individuales.
Siempre interesado por las leyendas históricas, convencí a mis compañeros de viaje hacer una parada especial en el camino de Salamanca. Este lugar, ya mencionado en otra publicación, es el pueblo de Baños de Cerrato en la provincia de Palencia. Aquí está la iglesia más antigua de España que se ha mantenido en pie hasta nuestros días (San Juan de Baños). Cuenta la leyenda que un rey visigodo se curó de una dolencia renal bebiendo agua de la fuente que hay aquí. Hoy en día en este lugar la tierra sigue arrojando aguas de sus entrañas con generosidad. Rellené aquí una botella de cinco litros para poder beber el agua «real» durante todo el viaje. Hay que decir que el agua de Baños de Cerrato posee un sabor agradable, no tiene olores extraños, y al parecer es ligeramente diurética.

Ya en Salamanca, ocupamos la habitación que habíamos alquilado en un piso particular, y enseguida salimos a tomar contacto con la ciudad. No vendrá mal describir el camino que recorrimos esta vez y volveríamos a hacerlo en múltiples ocasiones en adelante. Entonces, dejamos el museo del automóvil y el río Tormes atrás y la Casa Lis a mano derecha y superamos una pequeña cuesta. Esta última nos llevó hasta los muros de la Catedral. La plaza delante de la catedral da origen a la Rúa Mayor, la principal calle peatonal en el casco histórico. En poco tiempo llegamos a otra plaza. A la izquierda vimos un palacio cuya fachada está adornada con conchas artificiales. De ahí el nombre del palacio: Casa de las Conchas. El edificio fue erigido en el siglo XVI como vivienda nobiliaria. Detras de él se alzan las torres de las Clerecías. La historia de este monumento religioso está ligada a la Compañía de Jesús, que patrocinó la creación de un gran número de establecimientos educativos. Hoy en día el edificio pertenece a la más joven de las universidades salmantinas, la Universidad Pontificia.

Al llegar hasta el otro extremo de la Rúa, no es difícil encontrar una de las entradas a la monumental plaza Mayor. Semejantes plazas, que están rodeadas de edificios porticados y con balcones, se encuentran por toda España. La plaza Mayor de Salamanca es una de las más grandes y bellas entre sus «hermanas». Medallones con los retratos de algunos gobernantes importantes de España embellecen los arcos de los pórticos. Al lado de la plaza Mayor se puede ver el mercado construido en el estilo modernista.
De este modo, en el primer día nuestro contacto con la ciudad se limitó a un paseo breve. Un rito que hicimos entonces está generalizado entre toda la gente que visita la ciudad. Antes de describirlo tenemos que mencionar y destacar que Salamanca históricamente ha sido una ciudad universitaria, y su universidad medieval se convirtió en uno de los más antiguos e influyentes del país. Aquí estuvieron muchas personalidades del Siglo de Oro español, pero también las de otros tiempos.

Volvamos, sin embargo, a las humildes huellas dejadas por nosotros. Como otros tantos turistas, pisamos la plaza delante del edificio histórico de dicha universidad medieval. El estilo de la fachada, plateresco, condiciona la abundancia de escultura y ornamento. Hay una pequeña figura que, siguiendo supuestamente a una tradición de los estudiantes de Salamanca, cualquier persona tiene que encontrar con la mirada. A esta tarea tan divertida se dedica la multitud de turistas. ¿En qué consiste la imagen codiciada por todos? Es una pequeña rana o sapo de piedra, y simboliza los defectos y pecados humanos.
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El segundo día del viaje resultó ser el más activo. Fuimos al sur de la provincia de Salamanca, a la zona le la Peña de Francia. La geografía dice que en el mejor caso esta cadena montañosa debería llevar el nombre de Portugal, ya que el país más occidental del Viejo mundo está a escasa distancia de aquí. No obstante, se impuso el criterio histórico en la selección del nombre: fueron gentes de la actual Francia las que participaron activamente en la reconquista de estas tierras a los musulmanes, y después en su repoblación.

Comimos en el pueblo de Miranda del Castañar, y fuimos a explorar sus calles centenarias ya habiendo combatido el hambre. El casco histórico de Miranda está situado sobre un promontorio alargado. Dos torres dominan sobre él: la del castillo medieval y la de la iglesia. A menudo vemos anuncios de venta de miel, notamos unas colmenas justo debajo de los muros del castillo. Las callejuelas que bajan por ambas vertientes de la loma se abren paso entre casas de arquitectura popular, y estas se apoyan sobre carcasas de madera, que muchas veces están a la vista. El terciopelo verde de la sierra se alza a lo lejos creando un entorno privilegiado. Falta por decir que Miranda es «del Castañar» con fundamento: recorriendo las carreteras de la zona, vimos muchos castaños llenos de sus frutos comestibles.

Ahora nuestro destino es un pueblo a contados kilómetros de Miranda. Su nombre es Mogarraz. Al superar un atasco en la carretera estrecha nos encontramos con otro problema, el del aparcamiento. Afortunadamente, detectamos un sitio libre al lado de una tienda de jamón. Entre toda la información que hay en internet sobre Mogarraz destaca una iniciativa llevada a cabo en el pueblo. Consiste en adornar las fachadas de las casas con retratos de sus antiguos habitantes. La propia idea y su implementación se inscribieron bien en el espíritu medieval de Mogarraz. Pero el efecto de los retratos no es lo único que impresiona. El pueblo baja por la ladera, por tanto se convierte en una estructura con muchos niveles superpuestos. Más misterio le confieren los pasadizos debajo de los edificios, en los cuales se convierten tramos de muchas callejuelas. En el pueblo nos topamos con múltiples fuentes de agua. Por supuesto, yo bebo de una que tiene un cartel «Sin garantías sanitarias» en la parte alta de Mogarraz.

Ahora vamos en la dirección del país vecino, Portugal, para hacer una incursión en el otro lado de la frontera. Antes del crepúsculo cruzamos el punto de control fronterizo que se encontraba totalmente desierto. La palabra PORTUGAL, rodeada de las estrellitas de la Unión Europea, se leía sobre el fondo azul de la señal de tráfico. Más abajo figuraba el nombre del poblado, Vilar Formoso. A unos doscientos metros dentro del territorio portugués había un restaurante y tienda de regalos. Hicimos un selfie teniendo de fondo la señal que llevaba el nombre del país.
Afortunadamente, al cruzar la frontera por tierra no hizo falta enseñar los papelitos recién inventados por los políticos, que certifican la ausencia de infección en la mucosa o que ciertas sustancias han sido inyectadas en el brazo. Nada impedía que nos diéramos una vuelta por la franja fronteriza del país de Vasco da Gama y Cristiano Ronaldo.

Llegó la oscuridad, aunque en el horizonte no terminaba de apagarse el atardecer. Desembarcamos en el pueblo pequeño de Malhada Sorda a diez-veinte kilómetros del control fronterizo. Una de las primeras cosas que vimos fue la iglesia parroquial. Al lado de la iglesia había unas indicaciones que ayudaban a orientarse en busca de los lugares de interés. El más importante de todos es el santuario de la patrona de este lugar, Nossa Senhora da Ajuda. Curiosamente, en una de las flechas se leía «sinagoga». Aquí no puede haber una sinagoga moderna,— pensé — los judíos fueron expulsados de aquí (igual que de España) en los siglos XV-XVI, y ahora es un pueblo demasiado pequeño para tener una comunidad judía nueva. Por lo tanto, la sinagoga debe de ser un monumento medieval. Al final esta conjetura se confirmó.

Durante cuarenta minutos aproximadamente estuvimos paseando por las calles desiertas sumidas en un total silencio. Lo interrumpía a ratos el ladrido de los perros que nos habían detectado como intrusos. Sí, había gente también: en las dos cafeterías que vimos, así como varias personas en pleno centro del pueblo. Cenamos en el restaurante fronterizo ya mencionado antes, después de la cena volvimos a Salamanca.
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Hacía falta dedicarle tiempo a la ciudad de Salamanca también. Yo personalmente ya la había visitado antes, pero igualmente quería ver algunos monumentos de nuevo. Por supuesto, visitamos la catedral. Al entrar en el templo principal de Salamanca el turista puede descubrir dos catedrales al mismo tiempo. Las catedrales Vieja y Nueva están conectadas entre sí en un conjunto que se ve desde fuera como algo sólido (por lo menos para una persona no muy enterada de la historia de arquitectura). La Catedral Vieja está dedicada a Santa María de la Sede y es un ejemplo de la transición del románico al gótico. La Catedral Nueva, o la de la Asunción de la Virgen, pertenece al estilo gótico tardío. Sus bóvedas son mucho más altas y las decoraciones más ricas. Los turistas pueden subir al triforio de la Catedral Nueva, así como pasear por una plataforma en el tejado de las catedrales, disfrutando de las vistas sobre Salamanca. Obedeciendo las señales del semáforo que separan los turnos de subida y bajada por la estrecha escalera de caracol, se puede ascender al campanario.

También este día visitamos la modernista Casa Lis, en cuyas paredes vimos la exposición del museo de Art Nouveau y Art Deco. El propio edificio con sus cristaleras modernistas, el ambiente en su interior, la música del límite de los siglos XIX y XX que suena en las salas, nos sumerge en la vida de aquella era industrial, especialmente en la vida que llevaba la parte burguesa de la sociedad. Los cuadros, dibujos, estatuas, muñecos, todo esto expresa (o más bien así lo percibió mi visión de ignorante) el interés hacia las pasiones humanas, además las pasiones a menudo se encarnan en su forma extrema, exagerada. Se adivina el carácter febril de la vida a principios del siglo pasado, cuando avanzaba a toda máquina la actividad capitalista, aunque con ella lindaba la pobreza, los conflictos armados cada vez más violentos, cierta decadencia emocional y ruptura de las costumbres. Por supuesto, lo que acabo de decir es meramente una opinión de una persona ignorante. Lo mejor sería que el lector viera la exposición del museo con sus propios ojos y consultase la información sobre ella que proviene de los estudiosos del arte e historiadores.

En la víspera de la Fiesta nacional la fachada más grande de la plaza Mayor se iluminó con los colores de la bandera española: campos horizontales rojo, amarillo y otra vez rojo. Como ya he dicho, debido al carácter conjunto, amistoso de este viaje, mucho tiempo se dedicó al consumo de la gastronomía, así como a la contemplación de la vida de la ciudad desde las terrazas. Evitaré contar sobre estos momentos para no entrar en detalles de poco valor. La mañana siguiente iniciamos el camino de vuelta, finalizando así este viaje polifacético, rico en impresiones.