Toletum, Tuleitula, Toledo

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Introducción

Viajar de Bilbao a Madrid en avión es una idea que no tiene casi ningún sentido. Por supuesto, el objetivo principal (el desplazamiento del punto A al punto B) se alcanza. Sin embargo, es imposible pasar por alto una simple reflexión: el avión está en el aire apenas treinta y cinco minutos, pero ¡cuánto tiempo hay que perder para llegar con antelación al aeropuerto de Bilbao, pasar el control de seguridad, y se pierde mucho más en el traslado del aeropuerto de Madrid al centro de la capital española! Por norma general el billete de avión es caro… Si añadimos también las restricciones al equipaje, creo que el tema de las ventajas e inconvenientes se agota. A pesar de todo, no tenía otra opción: la movilidad en autobús no se había recuperado del todo después de que se finalizó el estado de alarma, y el actual horario reducido no me resultaba nada cómodo.

Lo extraño de un vuelo tan corto es la sensación falsa que se crea en la cabeza: parece que hemos empezado un viaje muy largo, mientras que en realidad no vamos a recorrer ni quinietnos kilómetros. Esta vez me tocó estar en el asiento al lado de una vecina poco habitual: una monja católica con su vestimenta negra con blanco. Dos mascarillas «higiénicas» cubrian su rostro, era imposible determinar su edad con precisión, pero se puede decir con seguridad que tenía menos de cincuenta años. Juzgando por el contenido del documento que la monja sacaba de su bolso y leía, su destino quedaba mucho más lejos que el mío, en Perú.

En el Madrid nocturno me encontré con multitudes de jóvenes alegres por el primer fin de semana fuera del estado de alarma. De vez en cuando se oían lenguas extranjeras, sobre todo el francés. Para pernoctar en Madrid había reservado cama en una habitación de ocho personas. El hostal estaba muy cerca de la plaza principal, Puerta del Sol. Se puede decir que las condiciones en él correspondían al precio tan bajo por noche. Unas personas de origen norteafricano estaban friendo carne en la cocina, llenando la habitación con los vapores que salían de la sartén. Además de esta gente, en la habitación había un joven francés. Este contó que venía de Normandía e iba a estar en Madrid dos días. La llave de mi locker se rompió en la propia cerradura, por tanto el dueño del hostal, alegre y con olor a vino en el aliento, tuvo que forzar la puerta de la consigna con un destornillador.

Me desperté sobre la una y media de la madrugada y oí un susurro. Desde la litera de arriba, mirando hacia la ventana, vislumbré a uno de los norteafricanos. Se encontraba de pie a unos metros de distancia susurrando una oración musulmana. De un texto que yo no conocía pasó a recitar la primera sura del Corán, Al-Fatiha, a la cual reconocí enseguida. Querido lector, esta escena de oración nocturna que acabo de describir, no está fuera de lugar, puesto que nos dirigimos a Toledo, Ciudad de las tres culturas: cristiana, musulmana y hebrea. Por la mañana siguiente fui andando hacia la plaza Elíptica, porque de allí salen los autobuses a Toledo.

Toledo. El primer día

Las colinas sobre las cuales se sitúa Toledo aparecen envueltas en sus murallas como si estas fueran cinturones. Toledo no reclama al turista con casitas blancas (como a menudo ocurre en las ciudades y pueblos andaluces) o con edificios cubiertos de azulejos relucientes (como en Lisboa, por ejemplo). El color de Toledo es el color del ladrillo y piedra, muy cercano al matiz que tiene la piel humana. Además, la sensación es que adoptando este color, la ciudad se asemeja a su entorno lleno de vegetación quemada por el sol.

Empecé mi primer día aquí con una visita guiada por las calles toledanas. El punto de partida fue una plaza triangular que tiene un nombre extraño: Zocodover. Este topónimo viene de la frase árabe «mercado de bestias de carga», aunque algo distorsionada. La ciudad tuvo que reconstruir este lugar después la destrucción casi total en los años de la guerra civil (1936—1939). Cuentan que la única parte de Zocodover que quedó en pie fue el Arco de la Sangre (el nombre se debe a la capilla de la Sangre de Cristo que estuvo instalada sobre la puerta). Terminó la visita guiada, y empecé a explorar por mi cuenta a esta ciudad de Toledo, capital de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha.

Las torres de la catedral de Toledo con el cielo casi despejado en el fondo.
Torres de la catedral de Toledo

Los artífices de la catedral gótica de Toledo se vieron obligados a modificar el proyecto inicial por falta de medios o bien por las dificultades relacionadas a la estabilidad del edificio sobre este terreno abundante en corrientes subrerráneas. A costa de unas estructuras adicionales se logró salvar la idea de la construcción del magnífico templo. La Catedral Primada de Toledo fue erigida en el mismo sitio donde antes existió una iglesia visigoda y más tarde una mezquita. Como las catedrales de otras ciudades españolas, la iglesia principal de Toledo tiene una decoración extremadamente rica. No sería suficiente ni una semana entera para poder ver todas las obras de arte que la llenan.

Fragmentos del interior de la catedral de Toledo, así como El Expolio, cuadro del Greco.
«El Expolio» del Greco y la decoración de la catedral de Toledo

Ha llegado el momento para mencionar la figura en torno a la cual la capital manchega en gran medida crea su imagen cultural. Es el pintor conocido bajo el apodo de «el Greco». Su nombre verdadero era Doménikos Theotokópoulos, él nació en la isla de Creta, la razón por la que en España se refiere a él como el Griego. Pues bien, en la catedral de Toledo hay varias obras del Greco, siendo El Expolio la más conocida de ellas. Es un cuadro que visualiza los últimos minutos de Jesucristo antes de ser crucificado.

Fachada principal de la mezquita del Cristo de la Luz y una pareja que camina hacia ella.
Mezquita del Cristo de la Luz

Habiendo visto algo del legado cristiano de Toledo (es decir, de una de las tres culturas) no tardaremos mucho en descubrir lo que queda en esta ciudad del legado islámico. El mejor representante de la cultura musulmana en Toledo es el monumento que hoy en día se conoce como la mezquita del Cristo de la Luz. La contradicción contenida en dicho nombre hace gracia, y está claro que el lugar no se llamaba así cuando pertenecía al culto musulmán. La mezquita se construyó en el año 999 cerca de una de las puertas de la ciudad. En 1085 los cristianos bajo el mando de Alfonso VI, rey de León, reconquistaron Toledo. Existe una leyenda que explica la razón por la cual el rey cristiano sintió una especial devoción hacia este oratorio musulmán. Se cuenta que el caballo del rey se arrodilló ante el edificio. El monarca y su séquito se sorprendieron por el suceso y se pusieron a indagar en su causa. Como resultado, encontraron una antigua imagen de Cristo que estaba escondida entre los muros de la mezquita. Ya sea por esta historia o no, el lugar de culto de los musulmanes se convirtió en un templo cristiano. De ahí viene su nombre actual.

Vista a la mezquita del Cristo de la Luz desde el jardín al lado de ella. Fragmentos del interior de esta antigua mezquita.
Mezquita del Cristo de la Luz

En la fachada principal de la mezquita hay una inscripción en árabe hecha en ladrillo. En el lado opuesto los cristianos adjuntaron un ábside semicircular, respetando el estilo del resto del edificio. Hoy en día el Cristo de la Luz se puede visitar como museo, a diferencia de la otra antigua mezquita, la de las Tornerías, situada en la calle del mismo nombre.

La antigua mezquita de las Tornerías (parece que está en obras). Gente pasando al lado del edificio por la calle de las Tornerías.
Mezquita de las Tornerías

Al salir de la histórica mezquita, me dirigí al barrio de Santa Bárbara, porque el hostal que había reservado estaba justo allí. Este barrio está en la otra orilla del Tajo. Una de las maneras de llegar allí es pasar por el puente antiguo de Alcántara. Comí en Santa Bárbara, lejos de la parte turística de Toledo, y descansé un poco en la habitación del hostal.

***

En las primeras horas de la tarde, bajo un cielo despejado, regresé a la orilla derecha del Tajo por el puente de Alcántara, aunque no tenía prisa para adentrarme de nuevo al casco histórico. En vez de ello paseé por un camino que discurría paralelo al río, observando las aguas del Tajo mucho más abajo y las rocas de granito en las orillas. Por cierto, una diferencia tan grande en altitud entre el río y la ciudad dificultaba el suministro de agua hasta los mediados del siglo XX. En el siglo XVI el relojero e inventor de origen italiano Juanelo Turriano (es la versión hispanizada de su nombre) elaboró y construyó un mecanismo hidráulico capaz de transportar las aguas del Tajo a la parte alta de Toledo. A pesar de eso, el ingeniero no recibió la recompensa debida por su esfuerzo. Cuenta la leyenda que Juanelo vivió sus últimos años en pobreza. Pero incluso en una situación tan desoladora el ingenio no lo abandonó: el inventor diseñó un autómata (Hombre de Palo) que podía caminar por las calles recogiendo limosna para su creador.

Un callejón sin salida antiguo. Otro rincón de la ciudad: el Pozo Amargo, en la plazuela del mismo nombre.
Un callejón sin salida en el casco histórico y el Pozo Amargo

Tras el paseo por la orilla del Tajo vamos hacia el centro. Trepando por las calles estrechas en cuesta, llegamos a una plazuela con un pozo de piedra en el medio. Este objeto centenario se conoce como el Pozo Amargo. Los toledanos tienen leyendas para explicar cualquier cosa. Se cuenta que el agua del pozo se volvió amarga por las lágrimas de una muchacha judía. Lloró tanto porque su padre rabino la había separado de su enamorado cristiano.

La iglesia de San Salvador con su torre campanario. Un grupo de gente delante de la iglesia, algunas personas con carritos de bebé.
Iglesia de San Salvador

Justo ahora partiremos hacia el antiguo barrio judío de Toledo, la Judería, que ocupaba la parte occidental de la ciudad. Aunque el encuentro cercano con la cultura hebrea, la tercera componente del legado medieval de España, lo pospondremos hasta el día siguiente. Ahora nos topamos con la iglesia de San Salvador, levantada sobre los restos de una antigua mezquita. En su interior una hilera de columnas sostiene unos arcos. El más curioso de estos soportes es una pilastra visigoda que contiene unas imágenes talladas correspondientes a algunos episodios de la vida de Cristo. También podemos entrar en el patio de la iglesia de San Salvador, que siglos atrás sirvió de cementerio. Desafortunadamente, debido a las restricciones sanitarias de nuestros tiempos, los visitantes no tenemos oportunidad de subir a la torre o ver los restos arqueológicos en el subsuelo del edificio.

El interior de la iglesia de San Salvador. Una hilera de columnas. La columna más lejana es una pilastra visigoda.
En la iglesia de San Salvador

Cerca de aquí, en el corazón de la Judería, se encuentra la iglesia de Santo Tomé. En ella siempre hay visitantes. El interés especial se debe a que la iglesia alberga una obra famosísima del Greco, El entierro del señor de Orgaz. Ya que todavía quedan unos veinte minutos hasta el cierre de la iglesia museo, nosotros también nos uniremos a la visita.

Mi primera tarde en Toledo (la del sábado, 15 de mayo de 2021) la dediqué a otra visita guiada, esta vez por los subterráneos. No es de extrañar que en una ciudad con una historia tan larga (Toledo tiene más de dos mil años) cualquier intento de excavar tierra lleve a un descubrimiento arqueológico. Pues sí, los subterráneos mostrados durante la visita contienen restos de termas romanas, baños árabes, vivienda privada (presuntamente de una familia judía)… Las generaciones posteriores podían usar estos espacios como depósitos de agua de lluvia (aljibes), como cuadras, para otros fines prácticos.

Parte del convento de San Juan de los Reyes. Su silueta se ve con el cielo en el fondo, antes del atardecer.
San Juan de los Reyes antes de la puesta de sol

Las épocas históricas se cruzan y se mezclan en estos subterráneos, así como lo hacen los materiales de construcción: sillares de piedra perfectamente ajustados y el «hormigón romano», el ladrillo medieval… Impresiona la diferencia entre los niveles de las calles en la Edad media y hoy, que se debe a la acumulación de los escombros generados por numerosas obras de derrumbe y construcción.

Vista nocturna de la fachada de San Juan de los Reyes, sobre la cual cuelgan decenas de cadenas.
Fachada del convento de San Juan de los Reyes con cadenas

La visita se ha acabado, y el crepúsculo le abre el camino a la noche. Se puede dedicar dos o tres horas a unos paseos tranquilos, mirar cómo cambia la ciudad al pasar de la luz a la oscuridad. Caminamos cerca del convento de San Juan de los Reyes. Decenas de cadenas cuelgan de su fachada. Se cuenta que las cadenas (o una parte de ellas) se las trajo desde Granada tras la destrucción de este último estado musulmán en la península ibérica. Allí habían servido para privar de libertad a los presos cristianos, que salieron de la cautividad gracias a la victoria de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, sobre Granada.

Rincones de Toledo de noche: el puente de San Martín, uno de los cobertizos y una portada de la catedral iluminada.
El puente de San Martín, un cobertizo y una portada de la catedral

Paseamos por las laderas que bajan hacia la orilla del río. Podemos disfrutar de la vista al puente iluminado de San Martín. Subimos a la ciudad de nuevo, deambulamos por sus calles casi desiertas. Varias veces nos encontramos con unos callejones cubiertos (cobertizos). Estas estructuras aparecieron siglos atrás, cuando era habitual que los dueños de los edificios (sobre todo los conventos) «robaran» las calles que separaban sus dominios. Así las calles se convertían en pasillos bajo las plantas ampliadas de las casas.

La vida nocturna está concentrada entre Zocodover y la plaza del Ayuntamiento (al lado de la catedral); el resto de las calles respira tranquilidad.

Toledo. El segundo día

Desayuné en el mismo restaurante donde comí el día anterior. Al lado de mí, en la terraza, desaynaban y tomaban café unos señores locales, alegres y habladores.

El puente de Alcántara y el Alcázar de Toledo por la mañana.
El puente de Alcántara y el Alcázar de Toledo

Excepto la historia «científica» y leyendas populares, Toledo concentra en torno a sí historias sobre las fuerzas y fenómenos sobrenaturales vinculados a la ciudad, sobre la actividad ocultista y cosas parecidas. Como en el resto de Europa, no acaba el interés (en particular, en este aspecto oculto) hacia la orden del Temple, que fue rica y poderosa, pero se enfrentó a la enemistad de los gobernantes a principios del siglo XIV, y estos acabaron destuyéndola con crueldad. La verdad es que mis conocimientos sobre ello son muy escasos. Sin embargo, me pareció interesante un monumento mencionado en las guías por Toledo: la Casa del Temple. En la guía oficial se afirma que aparte de las huellas de los propios templarios, el edificio contiene testimonios de diferentes épocas históricas, incluyendo la de al-Ándalus islámico.

Desafortunadamente, no logré entrar en la Casa del Temple. Sí, vi las cruces del Temple en sus muros, pero no se notaba ningún indicio de la actividad museística. Probablemente, la casa estaba cerrada por obras.

Interior de la iglesia que forma parte del convento de San Juan de los Reyes. Vista hacia el altar.
En el convento de San Juan de los Reyes

Vale, no hay que perder el ánimo por eso, ¡hay muchísimos lugares interesantes en la ciudad! Ahora vamos a visitar el mismo convento gótico de San Juan de los Reyes, en cuya fachada vimos las cadenas ayer. El convento lo fundaron los Reyes Católicos, Isabel y Fernando para conmemorar la batalla de Toro, parte de la guerra de sucesión castellana. Se afirma que este convento de San Juan debería haber sido el lugar de sepulcro de los propios reyes, pero un tiempo después de su construcción los castellanos y aragoneses tomaron Granada, y al final los monarcas fueron enterrados en la catedral de esta ciudad andaluza. Entre otras cosas, en la iglesia del convento de San Juan llama la atención el retablo de agradables proporciones. Aparte de la iglesia, se nos permite visitar las dos plantas del pórtico que rodea el claustro.

Interior de la antigua sinagoga de Santa María la Blanca. Una hilera de arcos y columnas pintada de blanco.
En la sinagoga de Santa María la Blanca

Por fin ha llegado el momento para esclarecer la tercera parte de la historia del Toledo medieval, la hebrea. Sus mayores representantes son la sinagoga que hoy en día es conocida bajo un apodo puramente católico, Santa María la Blanca, y otra sinagoga que lleva un nombre igual de cristiano, la del Tránsito (de la Virgen). Esta confusión, el hecho de que se refiera a los antiguos lugares de culto hebreos con nombres cristianos, tiene una explicación muy fácil: tras la expulsión de los judíos de España a finales del siglo XV, los edificios que usaba la comunidad judía para fines religiosos se convirtieron en templos católicos. En nuestros días ambas sinagogas están abiertas a los visitantes como museos.

En la sala de oración de la antigua sinagoga del Tránsito.
En la sinagoga del Tránsito

La sinagoga de Santa María la Blanca es la primera que encontramos en nuestro camino. Los arcos y las columnas que los apoyan dividen el espacio en cinco naves. Los capiteles enseguida se graban en la memoria gracias a una original decoración en forma de piña de conífera. El interior está pintado de blanco, su iluminación parece bien pensada. Por tanto nosotros también percibimos aquí la sensación de pureza y tranquilidad.

La vista exterior de la sinagoga del Tránsito y un fragmento de su interior (incluidas inscripciones en hebreo).
Sinagoga del Tránsito

La sinagoga del Tránsito es mucho más grande que su hermana. Una inmensa sala de oración está decorada con ornamentos geométricos y vegetales, tan propios de al-Ándalus y de todo el mundo árabe medieval. Unas líneas de texto escrito en hebreo cruzan la parte superior de las paredes. La sinagoga del Tránsito fue construida bajo el auspicio de Samuel ha Leví, un consejero de alto rango del rey Pedro I de Castilla. En general, en aquellos tiempos ya no se permitía construir sinagogas, así que esta fue una excepción. Hoy en día su edificio alberga un pequeño museo de los judíos sefardíes, es decir, aquellos judíos que habitaron en la península ibérica.

***

En busca de un sitio para comer recorremos las callejuelas, subimos y bajamos las cuestas. De pronto nos encontramos en la pequeña plaza de la Cruz. Vemos un viejo y abandonado edificio. A la derecha hay un cobertizo, y parece que desde hace mucho tiempo no lo ha tocado la mano del restaurador. La tranquilidad reina en las calles, pero todos los restaurantes están llenos de gente. Bajamos hasta la puerta de Bisagra, comemos al lado de ella.

En la plaza de la Cruz. Una casa abandonada y un cobertizo a la derecha de ella.
Plaza de la Cruz

Dediqué la tarde del domingo a un paseo por la orilla izquierda del Tajo. Así se puede ver la naturaleza de esta tierra, así como la ciudad desde los altos cerros. El primer sitio al que subiremos se llama Cerro del Bu. Aparte de las vistas a Toledo y su río, este alto tiene valor arqueológico. Aquí se ven los restos de edificaciones que aparecieron en la Edad del Bronce, mucho antes que la Toletum romana.

Ocas en la orilla del río. Amapolas rojas entre hierba.
En la orilla del Tajo

Seguimos subiendo: desde el Cerro del Bu a la cima de la Piedra del Rey Moro. Brilla el sol, ligeramente cubierto por la agujereada cortina de nubes transparentes. Por ambos lados del camino se tambalean las espigas de las hierbas; bajo su protección las amapolas emiten un fuerte color rojo. Desde la Piedra del Rey Moro vemos Toledo aún mejor. Cerca de nosotros destaca una roca que parece (al menos a mí) una cabeza de águila con su pico grande. Se quedó abajo el mirador del Valle. Hasta que yo sepa, ese mirador es el más popular entre los toledanos y turistas en esta orilla del Tajo.

Vista a Toledo. La catedral está presente en la parte izquierda y el río Tajo en la derecha.
Vista a Toledo desde el alto al lado del parador

Relativamente cerca aparece el parador de turismo, un hotel de prestigio. Nos dirigimos a la cima que se eleva sobre del parador. Echamos otro vistazo a las diferentes partes de Toledo. Reconocemos varios edificios emblemáticos. Por supuesto, la catedral. A la derecha de la catedral vemos el Alcázar, una fortaleza palacio que se sitúa en el lugar del núcleo romano más temprano. Hoy en día el Alcázar alberga el museo del ejército y la biblioteca de Castilla-La Mancha.

Vista a Toledo. Destacan la catedral y el Alcázar. En la parte de abajo está el cauce del río.
Vista a Toledo desde la orilla izquierda del Tajo

Emplazados en este alto encima del parador, también vemos perfectamente la Judería, el extremo occidental del Toledo histórico. En esta parte de la vista es imposible no reconocer la silueta del convento de San Juan de los Reyes. Respecto al resto de los edificios destacados en la selva de piedra que es la ciudad, somos incapaces de reconocerlos. Dos días es demasiado poco para que nos hagamos conocedores de Toledo. Además la ciudad se ve totalmente diferente desde aquí que desde el laberinto de sus propias calles. Detrás de las alturas ocupadas por la capital manchega se extiende la llanura dividida en los polígonos de los campos.

Bajamos a la carretera que discurre por un terreno lleno de parcelas con casas de campo y olivares. Las propiedades de este tipo se conocen aquí como cigarrales.

Una calle del casco histórico de Toledo. En el fondo se ve la iglesia de Santa Leocadia.
Vista a la iglesia de Santa Leocadia

Por el puente de San Martín debajo del que estuvimos paseando ayer por la tarde, llegamos de nuevo a la Judería. Nos queda una hora y media de estancia aquí; podemos pasear tranquilamente por las calles medievales o descansar en algún rincón pintoresco. En el instante cuando dejamos el triángulo de Zocodover el sol ya está bastante bajo. Dentro de muy poco (una vez más en la historia de Toledo) el astro, arrojando infinitos rayos de luz roja, se ocultará detrás del horizonte.

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